10.02.2012

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Y el miedo se empaña ahora en otros ojos, y es el reflejo a través de esa diferencia lo que sentencia que las semanas no sean semanas, hasta que hojeo el calendario. Sigo todavía enterrada en ese Septiembre prematuro, en las dulces noches que tus palabras acariciaban muecas y sonrisas. Si bien chispas, si bien distancias, si bien no significaba en absoluto, porque todo se hizo material, presente, factible, posible, sensible e irracional cuando te vi en la esquina de la avenida, buscándome con la mirada por donde ya sabías  que aparecería. Pero me adelanté, a tus pasos, porque siempre me adelantaba, hasta que caí, simplemente. Caí en todo lo que te había echado de menos, y en que la distancia, aunque fuera menos, ahora sería mucho más dura que todas las carreteras y aeropuertos de Europa. Porque por tan sólo unas calles, soñaría con abrir la puerta y reírme en tu pupitre. De renegar de tus meriendas y de tu madre, bajar escaleras y carreras hasta las marquesinas. De no saber bien hasta qué hora, pero tener más claro que nunca que, bien la necesidad no hace al hábito, pero sí en ocasiones el hábito a la necesidad.
Sencillamente, comencé a necesitarte. La oportunidad de principio, principio del fin, y de superposición. De dudas e inquietudes todavía no resueltas, ¿es que acaso espero a que seas tú quien vuelvas? No sé si es que te has ido, si nunca estuviste y melancolía e imaginación dieron su golpe maestro. 
Y menuda mierda ésto de seguir sin aclararme, si esperar tus pasos o adelantarme con los míos. De recordar, de acordarme, de pensar si algún día fuiste mío aunque tan sólo de conciencia. A ciencia cierta, yo lo soy, además de ilusa. Quizás fueron más tus ganas de matarme con inocencia desgarradora, que las mías por centrarme en personas que no son nada.

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