10.23.2013
Pathos III
Orchid I
—Llevaos a los chicos—masculló uno de los policías, un hombre grande y serio, con el bigote espeso y las facciones duras, propias de un prusiano. Se había alejado para vislumbrar las pisadas de barro de los supuestos asesinos, pero nada que permitiera identificarlos. No había prueba ni rastro de ADN que fuera a facilitar avanzar en el caso. Los curiosos empezaron a asomarse a través de las cortinas de los salones, dejándose llevar por el horror y el morbo de la situación. La señora Pitcher se llevaba las uñas a la boca constantemente y susurraba incoherencias. Celestino apuraba un café, al otro lado de la mesa.
—Era un pobre muchacho.
—Esta juventud está enferma, ¿te has fijado, eh, te has fijado? Eso son las drogas y los padres, que no ofrecen una buena eduación a los muchachos, pero, ¿de qué educación hablamos? ¿Los has visto? Ayer los vi fumando en el portal, ¡y al entrar al instituto! Es una vergüenza, te lo digo yo, ¡me asusta! ¿Y si nos pasa a nosotros, Celestino? ¿Y si nos amordazan? ¿Y si me violan? ¡Ay, no, por Dios, Virgen Santísima, qué horrible, qué desgracia tan grande! Las drogas, Celestino, ya te lo he dicho. Esta gente se mete de todo y en cualquier momento. Espero que no le pase nada a Susan, espero que no se acerque, mañana no saldrá a la calle.
A Marion le gustaba la sangre, sí, pero no podría nunca sentir más que sencilla curiosidad por las lágrimas carmesís que caían denotando lo irreversible del suceso.
El cielo se había encapotado en el letargo dulce de las horas. Marion se sacudió con un gesto leve las rodillas.
—Vamos a casa. Tengo frío.
10.22.2013
Pathos II
Pathos I
10.08.2013
54
9.28.2013
53
A uno se le cansan las manos y las neuronas de pensar en pasado. Hay demasiados tiempos. Pretérito perfecto, el simple y el compuesto, y luego el imperfecto, que también peca de desdoblamiento de personalidad; el pluscuamperfecto con sus dos vertientes, y el condicional, el que más duele, el que deja con la miel en los labios. Todos se olvidan del futuro y del presente en el Café de Las Camelias, pero en un esfuerzo compensatorio por evadirme del calor húmedo del Levante no se me ocurre otra cosa que contradecir lo establecido y desgarrar un par de folletos de hace dos años. Se desgarran sístole y diástole, de pronto, a la par, al mismo tiempo, y la ternura se deshace sobre las palmas sanguinarias. Asesina de recuerdos, devoradora a contracorriente del sucio dolor-placer de la morriña. Aquí de nuevo. ¿Ves? De nuevo, de viejo, morriña, nostalgia, melancolía, Café de las Camelias. Reproduciéndose en un tocadiscos, vinilo de diamante (de sangre).
Quizás los días dejan cada vez menos huella. Ya no queda rastro de cristal sino manchas de cuando la lluvia golpeaba las ventanas, en tiempos de tormenta.
La calma se alzó en el horizonte, triunfante. No es mi estilo, esto de la paz y tranquilidad, pero las quejas son quisquillosas, y más cuando la tormenta te hacía llorar de lo empapada que te dejaba.
A veces es mejor ducha con ropa que calarse hasta los huesos con diluvios de otoño.
6.30.2013
Bau
5.17.2013
52
No había luz. Había por doble partida, partida por la mitad con el trazo suave de la sombra de una lámpara, éstas que se llamaban Art Decó. Estas tantas que como cualquier moda se difumina con los años su presencia.
Apretó sus labios y suspiró con delicadeza. No había nada más que delicadeza en cada uno de sus gestos, como un etéreo hálito de inocencia inmerme, descuidadamente calculado. Hermoso. Hermosa, como toda ella. Era un moño caramelo desecho, con un par de mechones sobre la frente y los parietales. Era una sonrisa dulce de limón y dientes menudos y brillantes. Era mejillas coloradas y la sensación de que las horas no eran más que un entretenimiento simple, una obligación en ocasiones. La existencia del estrés como incógnita de su propia existencia: nunca perdió la calma ante los problemas. Quizás es que nunca tuvo. Quizás era su simpleza, su sencillez. Y es que era la más perdonable de las transparencias, el arquetipo más consentido.
5.05.2013
51
50
4.30.2013
49
Pausa.
-Ey. ¿Estás?
-Yo...
Suficiente. Acopio.
De acuerdo, indiferencia. El gesto más sutil, lo más dañino posible.
3.30.2013
48
3.07.2013
47
31 (Borrador)
46
12.04.2012
45
11.26.2012
44
"Nos resignamos al momento único y feliz. Preferimos perderlo, dejarlo transcurrir sin siquiera hacer el razonable intento de asirlo. Preferimos perderlo todo, antes que admitir que se trata de la única posibilidad y que esa posibilidad es solo un minuto y no una larga, impecable existencia."
11.09.2012
43
Un gato maúlla en la calle. Se escucha mimetizado entre el mordisco de los vehículos sobre el asfalto, en una especie curiosa de estéreo. Al fondo, los ecos distorsionados de un "Vie en Rose" de Louis Armstrong, meciéndose con dulzura al compás del jazz; un vinilo, la luz ténue, y dos sombras acariciándose tras las cortinas de un apartamento. Se acerca el cigarro a los labios y aspira. Deja que el humo rasque su garganta, aguantando la tos. Mamá tenía gracia cuando lo hacía, ella y sus suaves insinuaciones al más puro estilo Monroe. Se le volvían de terciopelo los latidos cuando emulaba algún mito imposible, y su madre lo era. La recordaba sobre aquel mismo sillón, con las piernas cruzadas y su risa cantarina, carcajeando en medio de aquella comida, en medio de todos los hombres, en medio de trajes, corbatas y mocasines italianos. En medio de todas las miradas, girando su cabeza con desdén y coquetería, así, y se pasaba los dedos por el pelo, y luego la barbilla, y entonces, el cuello. La manicura francesa y las pestañas rizadas, apenas maquillaje. Se bastaba ella sola, exuberante.
Nunca fue madre. Nunca la cuidó como fue debido. No es madre quien trasnocha entre champán y destellos de Swarovski, pero al menos fue un intento. Las familias desestructuradas tampoco eran su fuerte, quizás el problema de todo aquello fueron los años a todo tren de su infancia y juventud, al alcance de todo aquello que deseaba. El lujo de los caprichos, la educación exquisita, los vestidos de Chanel y las vacaciones en la residencia de verano. El abuelo la mantuvo hasta que terminó, finalmente y tras varios años, la carrera de Artes Interpretativas, y con ayuda de varios contactos consiguió participar en algunas obras en el Teatro Principal. Pero las aspiraciones de aquella muchacha carismática rompían las barreras del drama. Quería vivir del celuloide, y ser el recuerdo eterno en una cinta. "Nadie me olvidaría, podría morir y aún seguiría viva". Qué decir, la niña de papá, la niña bonita y de sus ojos. No costó demasiado que su belleza y proporciones ayudaran a que un director se fijara en ella. Papeles banales, sin trascendencia. Eso, al fin y al cabo, significaba lo de menos. Ella tan sólo quería lucirse, mostrarse ante el mundo, ser admirada, observada. Deseada. Quería ser el centro de atención de miles de ojos en toda América y Europa, conducir coches caros y codearse con la élite interpretativa de Hollywood. Éxito, brillaba en sus pupilas. Y éxito brillaba también en su nómina. Pronto el carmín de sus labios pasó a ser el más deseado de todos los hombres, llovían las propuestas y ofertas de papeles en la mesa de su representante. "Eres una estrella", le susurraba Marcus entre gemidos y sábanas. Era la secuela perfecta de su vida, la adecuada a aquellos años anteriores que también hubieron sido felices.
El aire comienza a refrescar, y mece con suavidad el toldo blanquigualda de la terraza. Las primeras chispas de estrellas empiezan a cubrir el cielo. Anoutz sigue reflexionando. No puede evitar mirar de reojo el teléfono, y vuelve a dar otra calada. Inspira. Exhala. Se rasca el brazo derecho y hace un amago de abrigarse con ligereza. Qué desesperante. No sabe si entiende lo que ocurre y prefiere hacer de tripas corazón y obviarlo, o que sigue encadenada a esa feliz soledad a la que estaba acostumbrada. Se le hace difícil. Sabe que ha perdido peso, incluso, estas últimas dos semanas. Abre los ojos y lo primero que piensa, el primer pensamiento, es escapar. Huir. Cortar con la rutina, de algún modo. Sí. Cortar. Coger unas tijeras y acabar primero con unos vínculos y luego con otros. Fuera las cuerdas, adiós a las ataduras.
Se siente sola en ocasiones, y presa en todas las demás. Se oculta en figuras de humo rubias y con filtro para paliar un poco más el dolor. Y se pregunta siempre si no será que nunca quiso elegir, y no que fuera mala la elección. Es duro, divaga. ¿Cuánto? ¿Y si...? Pero cuando amenazan los "y si", vuelven los temores de alcanzar, efectivamente, el punto de no retorno. Y quién quiere llegar hasta el final, a la meta, si puedes alargar un poco más el camino. Estúpida, supones. Más estúpidas que cobarde, quizás no te equivocas al sopesar las dos opciones. Qué mal enseñada estás, inocente y dulce, inocente y asustadiza. Inocente y aún así fría, escarcha de Abril sobre las cosechas. El hielo que quema las manos en el más profundo invierno.
Manos frías, corazón caliente. Pero no hay corazón que valga, y si vale, no queda nada. Tan sólo queda roca, roca muerta, roca yerma. Cristal, diamante.
Se pasa la mano por la nuca y cierra los ojos durante unos instantes, buscando en esas caricias propias un poco de consuelo a su cansancio. No duerme. Ya dormía poco antes, pero ahora ni descansa. La consumen los libros, las tardes las pasa de estantería a estantería y de mostrador a ordenador. Las bibliotecarias conocen de sobra sus mirada vacía, carente de sentimentalismo.
Sonríe en las cafeterías. Allí fuera el ambiente es distinto. Noviembre aún es joven y el frío todavía no llega a los riñones, por fortuna. Las mejillas están sonrojadas y pasea junto a un par de chavales, entre bromas y comentarios absurdos. Se sientan sobre un banco y sacan un par de libros, "La Metamorfosis" y un ejemplar de cuentos de Juan Rulfo. Se muestra natural, mueve la boca con gracilidad y hasta las muecas resultan dulces en cada uno de sus gestos.
Un pitido breve. Anoutz se lleva la mano a uno de los bolsillos, y saca el móvil. El corazón le da un vuelco, y vuelve a introducirlo, pero en este caso en el bolso.
— Quién es?—pregunta el muchacho. Ella permanece ausente.Calma.
—Nadie—dice, mientras sonríe—. Oye, ¿querrías que hiciéramos algo esta noche? Hacía tanto que no hablábamos que... O lo que quieras.
—Como veas, ¿qué te apetece?
—Cualquier cosa.
—Bueno, pensemos algo.
—Sí, sí, si da igual, vayámonos a algún bar por casa de Bruno. Sí, por allí.
—¿Y estas ganas repentinas?
—Me apetece evadirme un poco. Estoy muy ocupada últimamente con la tesis y me agobio un tanto, ya me entiendes.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Cómo estás de todo?
—Normal, bien. No sé, como siempre.
—Sabes que me preocupo por ti.
—Lo sé.
—Sonríe un poco más, que te veo muy triste. Y no quiero verte triste. Ya lo sabes.
—Sí—dice, abrazándolo. Ojalá pudiera contarle todo lo que siente, y todo lo que le ocurre. La angustia que oprime su pecho. Agacha la cabeza y se distancia con lentitud, respirando con profundidad. Calma, pequeña. Calma.
Mira el reloj. Las doce menos veinte. Queda nada para la medianoche. Lleva tres cuartos de hora y todavía no ha llamado. De nuevo ese cansancio subiéndole por la espina dorsal, y de nuevo el dolor. Cuánto más se extenderá. No lo sabe. Sí lo sabe. Sentencia. Otro día más que tachar del calendario, otro día más que se ausenta de verlo. Hoy han colgado con apenas un adiós, en seco. Se moja los labios. Cuánto más. Como si pudiera leerle la mente, conoce cada uno de sus posibles pensamientos, y cómo no, que está llegando hasta su límite. "Y todavía es pronto" piensa con sorna. Todavía.
¿Qué ocurre con lo que está inevitablemente destinado al fracaso? Las personas nacen para amarse, ¿por qué lo evita? ¿Qué la hace huir? Un sabor salado sobre su lengua y pestañas.
Vuelve a mirar al cielo. No encuentra la Luna. "Putas paradojas: infusión, reflexión, y me falta la Luna. Puta noche incompleta".
11.08.2012
42
Escribo porque me gusta escribir. Si no me pareciera exagerado diría que escribo para gustarme a mí misma. Si de rebote lo que escribo gusta a los demás, mejor. Quizás es más profundo. Quizás escribo para afirmarme. Para sentir que soy ... Y acabo. He hablado de mí y de cosas esenciales en mi vida, con una cierta falta de medida. Y la desmesura siempre me ha dado mucho miedo.
11.04.2012
41
Quizá había otros caminos y el que tomaron no era el único y no era el mejor, o quizá había otros caminos y el que tomaron era el mejor, pero quizá había otros caminos dulces de caminar y no los tomaron, o los tomaron a medias...
40
- Quiero ir, pero no sé si al final me dejarán, seguramente me acompañaría una amiga.
- Ah, lo decía porque ya están a la venta las entradas.
- Ah, ¿sí?
- Sí.
- Ah, pues gracias. ¿Qué tal el verano y eso? Hace mucho que no te veo.
- Sí, bastante bien, la verdad, desde que te pusiste tan pedo esa noche.
- Gracias, me lo recordarán de por vida.
- Fué épico.
En fin, hacía mucho que no hablaba con alguien de allí de Bejís, estaba contenta de que encima hubiera sido él. Fue tan simpático cuando estuve allí, me reí más... desde luego, quizás fuera el que mejor me cayó de todos los chicos cuando pasé por allí en verano. Bueno, aunque Juli también se había portado magníficamente. Y Álvaro. Bueno, déjemos a Álvaro en paz. Qué conversación más normal. Mamá me llama para cenar. "¡Apaga ya!" Sí, mamá, voy. Terminaré rápido
- Sí que lo fue, sí. En fin, seguiría hablando contigo más rato pero me tengo que ir a cenar, otro día más.
- Jo, esto va a ser como Pink Floyd sin Syd...
Plof. A un botón de cerrar.Pink Floyd sin Syd. ¿¡Cómo!? ¿Estoy leyendo bien? Increíble. Increíble, no puede ser. No, no, no, no puede ser cierto. ¿Acaba de...? Sí, lo ha hecho, acaba de decirlo.
Y ahí empezó todo. Qué simple, ¿no? Es increíble lo que puede dar o lo que puede cambiar apenas diez palabras sin más, que no tienen ningún trasfondo. No son un "me gustas", un "te odio", "te quiero ver", "eres lo mejor de mi vida", "para siempre", "hasta nunca" o cualquiera de esas cosas que se suponen que te ablandan el corazoncito. En realidad, no, no son nada. Eran... unas míseras palabras que no movieron lo más mínimo mis sentimientos. En absoluto. Y sin embargo, hicieron que me fijara en él. Lo vi como una oportunidad de hablar con alguien nuevo. Y ahí estaba.
Los siguientes días hablamos hasta caernos de sueño. Todas las tardes, todas las noches. Parecía que cualquier cosa era tema de conversación. Música, metafísica, sarcasmo, Dios, biología, comunismo, leer mentes, más música, genios, felicidad, ignorancia, Bill Gates, drogas, Syd Barrett, Beatles, Paul McCartney, Eric Clapton, guitarras, amigos que se equivocan de colegio y amigas locas y obsesionadas con Bob Dylan. Cualquier excusa era suficiente para hablar con él. De repente, un mero contacto más del Tuenti había pasado a ser el motivo por el que sonreía todos los días nada más llegar a clase, pensando en lo divertida que había sido la discusión del día anterior sobre la cara de bollo pocho de Sir James o lo perfecta que sonaba Free Bird o Hallelujah. Sabes, discutía casi a diario con mis padres por la reciente obsesión que había adquirido de acostarme a altas horas de la noche e incluso de la madrugada. De igual manera que no se explicaban que pudiera estar tan exultante, tan abierta, feliz, cariñosa... Llegaba el frío, pero podría sucederse una era glacial, porque no ocupaba el más mínimo segundo en mi mente. Helter Skelter, Little Wing, agnosticismo, dudas metafísicas, tengo apuntado por la agenda. 22 de Noviembre, chachi pistachi Juan Pelotilla. Hiciste de una mierda de día, de un recuerdo agrio y desechable, un buen rato. Lo mejor es que no hacía falta más. Llegó un momento que lo que más deseaba en cuanto las manecillas del reloj marcaban las 17:00, era salir de clase y desconectar de todos, para poder seguir hablando contigo. Curioso, ¿no es cierto? Muy, muy curioso.
Lo que más me temía. Finales de Noviembre, José Capuz, mediodía.
- En serio Rafa, es que es tan distinto, ¡sabe tocar la guitarra! ¡Tiene un grupo! ¡Y le gustan los grupos de los 70!
- Sabes que al final...
- No.
- Lo sabes.
- No, no, ¿recuerdas? Soy una roca. Las rocas no sienten. No pienso pasar por eso.
- Acabará pasando. Tiempo al tiempo.
- Esos son refranes de abuela.
- Tú ya verás, ya verás, dos semanas. En dos semanas no dirás lo mismo.
- Qué te apuestas.
- Diez euros.
- Como quieras.
- ¿En serio, estás tan segura?
- Sí, apostémoslos.
Y tiempo al tiempo. Me cuesta poder saberlo todo con exactitud. Hace mucho de eso, ya. De hecho, sólo sé dos cosas.
Que el 1 de Diciembre me llamaste escéptica y que perdí la puta apuesta.
_____________
10.28.2012
39
Intenté darte las señales, en la medida de lo que pude y cuanto quise. Pero las ignoraste. Y ahora, no busques, no encontrarás más que cosquillas. Las inocentes cosquillas de los remordimientos bajo tu piel, por inútil. O quizás... quizás no es de inútil. Quizás es algo tan simple como que la única que sintió algo, después de todo, fui yo.
Adiós.
10.22.2012
38
—¿Qué dices?
—Déjalo.
Sobre los bancos, tú me cuentas. Ahora me da por pensar que quizás estaba todo ésto un tanto determinado, no sé, la escena de la piscina sabe tanto a premonición. Pero hubiera deseado, quizás, sólo divago, un poco más de ternura. Y es pedir demasiado, de algún modo, yo tampoco me lanzo, ni me disparo. Este gatillo está en desuso de esperar a no se qué, y el no se cuántos. Gatillos desaccionados por dudas e indiferencia, los te quieros atragantados que me envenenan con su plomo. Y tú.
Tú feliz, creo que lo eres. Quizás hasta te tendré cerca, al llegar el verano. Allí tomaré de excusa el alcohol para dejarme caer sobre tus sábanas o tus brazos, a mi no me importa. Quién busca un amor pasajero, un amor pasaporte. Si tú lo buscas, ven y dímelo, ven y dime. Ven y dime. No quiero esperar a que Junio se haga con mi nervios para poder besarte.
Pero ni el frío ni los días, ni el frío ni el invierno. Ni el frío que no llega, ni el invierno que me espera, en ese Diciembre con garras de hielo, con la oscuridad de la que me sacaste hace no quiero saber el tiempo, serán condescendientes con tu recuerdo. Que acecho y despecho encuentran su eufemismo en "Se va a ir con otro".
10.19.2012
37
Trazos de líneas indivisibles y discontinuas, el gran plano de una pared de ladrillo rojo al más puro estilo Brooklyn. Se respiraba en el ambiente la humedad de lo que se advertía una tormenta eléctrica, el vello de la nuca se erizaba de puro morbo. Los locales aún aguantaban abiertos, entrar, salir, ríos de gente discurriendo de un lugar a otro, como pequeñas hormigas ambulantes, sin clara disposición a hacer ninguna tarea en concreto. Tan sólo entrar, salir. Salir y entrar. Caminar. La noche se cernía también sobre nuestros hombros, acechando tímidamente como quien no se preocupa por llegar pronto, sino tan solo por llegar.
Quizás, y digo quizás por ello, me gustaba tanto el abrazo de lo nocturno. A veces tarda más, a veces tarda menos, pero llegar es inevitable, como lo es desaparecer en ese fundido cían de la mañana. Hay algo diferente en las cenefas incandescentes del skyline de Nueva York que son la envidia de cualquier reserva natural del mundo, y quien lo niegue, me estará negando lo indiscutible. La ciudad guarda entre sus calles y aromas un encanto inconfundible a miscelánea social y cultural. Es un micromundo, un microorganismo de etnias y corrientes funcionando en una especie de orden complejo, lejos de los onvencionalismos. Tan sólo de Nueva York se podrían sacar tantos estudios antropológicos y sociológicos, tantas opiniones y conclusiones diferentes, tantas modas, tantos gustos, tantas formas de ver las cosas. Es el espacio de convergencia de las naciones, no queda país que allí no esté representado. El clímax de la inspiración después de París, que no lo pongo en duda. El fin, el lugar deseado, la ciudad mayúscula. Si algún sueño tuviera que apodarlo con algún nombre, no dudéis que sería ""Manhattan".
No dudéis que mi Manhattan es, de algún modo, Manhattan en sí.
Para marcar más los tópicos, y el inri.
10.07.2012
36
10.06.2012
35
Siempre recordaré esas dos primeras frases. Siempre.
10.02.2012
34
9.24.2012
33
Ojalá supieras.
Ojalá entendieras.
Ojalá vinieras y, tan solo,
simplemente,
confesases que tú también esperas.
Ojalá.
9.11.2012
32
It's cold outside, the fall came sooner. In fact, this morning I had to take my clothes off and put on that... that warm sweater you gave me that Christmas, at Geordie's home. I think you'll remember, it was only a few months ago. Well, you never had a great mind, neither a great memory. But who knows, maybe you surprise me with another of your unexpected details, and I already have to shut up. I say, who knows.
Walls are painted now in shiny, plain white. Yesterday Cameron came for helping us to paint house and move some furniture around, you know, I still remember last time we met I told you we would move to North Hempstead. I think anywhere would have been as good as there to move on. The only condition was being away, as far as I could of you. And not to remember.
We were a pair of crazy lovers, despite everything. We used to cry until the night was out, and then kissing each other, looking for the love somebody stole us. You liked to call me at dawn, or texting me messages you know I would answer in the following minutes, maybe seconds. It was different, I know. Different of what else I had ever felt, I had ever done. I didn't care about what I would have to expect of you, or me. I never called us "we", which sounded strange and overwhelming.
The clock is ticking, chances come and go. It was my choice. To leave you, to forget you, to forgive you. Forgiving you for all these nights you made me feel like the only one, in spite of the fact I never was.
Now I realize, you know.
Better late than never.
Love,
Nora.
31
Por una vez, no me importaría ganarla. Me morderé uñas, manos y lengua si hace falta.
Pero por Dios. Ven, joder. Ven.
9.10.2012
30
9.08.2012
29
/Tenía que escribirlo/
9.07.2012
28
Las casualidades, o lo que vengan a ser, racional o irracionalmente, definen la gran mayoría de situaciones que nos suceden día tras días. Como tantas otras cosas, suelen pasar desapercibidas, porque no son importantes: "Aquella chica de alli tiene la misma camiseta que yo". Por ejemplo. O que pongan en la radio precisamente esa canción a la que llevas dándole vueltas durante más de una semana. También. Nimiedades, en resumen. Y eso es lo que las hace diferentes.
Digamos, entonces, que las casualidades son todos aquellos detalles insignificantes que no podemos prever. La casualidad de coincidir por un pasillo al subir del recreo, o de compartir el estrecho camino hasta la parada de bus a la que acudes para ir de vuelta a casa. Pasear sin rumbo fijo y acabar casi a quince metros de ella, y encontrarte allí también. Recibir una llamada tuya en mitad de la madrugada, justo antes de cerrar los ojos, pensando que no, que no llamarías. Que qué tontería, que estarías de fiesta. Que si nos ponemos en la pizarra y corregimos los ejercicios exactos, o que quieres montarte un grupo de rock.
Que me parece que estoy haciendo el idiota contándote todo ésto y no sé por qué me tengo que dar cuenta ahora, después de ya unos cuantos, bastantes meses, y es absurdo y lo sé y no sé. No sé qué hago aquí. No sé por qué dudo pero quiero que sepas que en fin... Que yo pensaba que podría con todo ésto y contigo. Pero al final, me he enamorado. Supongo. Y no sé qué piensas, qué se te pasa por la cabeza, si son o no indirectas, si vienes, si vas, si me dejas. Si yo qué sé. Si es otra, por ejemplo. Y si es casualidad, o pude haberlo evitado.
Y creo que no.
9.06.2012
27
Salto en el tiempo. Me ahorro miles de detalles sin trascendencia alguna en la historia, aunque puede que sean esos detalles los que me atrajeran, de forma inconsciente y desde el principio, hacia él. Ésta no es una historia de amor. Es una historia de chica conoce a chico, o chico conoce a chica. Y lo que pasa, como siempre pasa, es la vida. O así lo decían en una película.
Puede que habláramos. Puede que me pillara con toalla y descalza al salir de la ducha, con el pelo chorreante y las mejillas encendidas. Recuerdo aquel instante, de cuando salió de la habitación de enfrente justo cuando me disponía a abrir mi cuarto, probando con distintas llaves. Se trataba del principio consciente, si tuviéramos que fijarlo en algún punto en la línea del tiempo. Misma escuela, pero las coincidencias y diálogos nunca daban más fruto que efímeras conversaciones cargadas de timidez y cortesía, como si la cosa no terminara de cuajar. Quién de los dos le daría menos importancia, si para empezar yo todavía tenía la cabeza en mis recuerdos, en mis tonterías. En mis "aún no me lo creo que esté aquí, donde todo pasó, hace un año", y tú... bueno, tú. Tú eras tú, y fardabas a escondidas de palizas en callejones e ideologías extremistas. Lo curioso fue, que entre otras cosas, nunca fueran aquellas historias las que contaras en mi presencia. Porque resulta, y esto es lo que ocurría, que si medíamos nuestras palabras era porque había algo. Tú en ti, y yo en mi. Ambos lo sabíamos pero no querríamos darnos cuenta. Pero todo sale a la luz cuando noche y alcohol se mezclan.
Era jueves y hacía un par de días que ya me fijaba en tu sonrisa. Los estudiantes de la residencia habían descubierto la fantástica existencia de un pub o discoteca en el Centro al que podrían entrar con la ayuda de un tipp-ex y unas manos expertas que cambiaran un 95 por un 93. Siendo mi primera semana de estancia en aquel lugar, preferí no arriesgarme a que me mandaran de vuelta a casa. No, efectivamente, ya no sólo por temor a una reprimenda a la inglesa, sino porque por tener no tenía ni idea de donde se cogía el autobús de vuelta a casa. Decidí, por tanto, quedarme en mi habitación o, al menos, con cualquiera de los extranjeros que vagaban por allí. Te preguntaron, lo recuerdo. Delante de mi, después de responder con mi negativa tras unas cuantas insistencias. Ídem por tu parte, y mentiría si no afirmara que me puse nerviosa de pensar y no pensar, estupideces que se me ocurrían. Intenté alejar aquellos pensamientos. Sí, mejor.
La noche nos confundió con cerveza y confesiones. Yo que te preguntaba en qué creías y tú que sentías curiosidad en mis discusiones familiares. Eso es todo, durante al menos tres largas horas en las que nos quedamos tan sólo en abrazos. Y yo decía, yo pensaba, "qué estúpida eres, que sabes que sientes algo". Y tú, tú no sé qué pensabas. Pero allí estábamos, y contigo me hubiera quedado toda la noche. Y contigo, todos los días. Como ya adelantaba, tonterías. Y éstas se alargaron durante lo que quedaba de tu estancia, lo mismo daba que si estabas con tu cigarro o te cruzabas conmigo en los pasillos. No te miento, que me gustabas. Al final era cierto que me gustabas. Y qué, si a tí a también. Y que, si lo del día siguiente.
Y qué más, si cuando te fuiste aguantaba lágrimas que ya no me quedaban.
Y qué, si sabía que ni volvería a verte, ni volveríamos a hablar. Porque tú volvías a tu vida normal, dejando atrás a la pobre idiota que no sabía que ya querías a otra antes de todo aquello.
Querías, y sigues queriendo.
Pero ya lo decía Cohen,
"Eso es todo, ni siquiera pienso en ti muy a menudo".
9.03.2012
26
>> Arctic Monkeys — Fire and the Thud
—Cile, eso es un gin tonic.
—¿Y qué más da? Las inglesas siguen siendo gordas y en los desayunos sólo sirven muffins de chocolate y expresso. No me tires de la lengua, que echas de menos volver a las orillas del Támesis lo mismo que yo. Sé que andabas comiéndote la cabeza con ello, te he visto. Porque volver es inevitable, sí. Y a la vuelta las calles seguirán abarrotadas de turistas durante el mediodía y los Starbucks de ejecutivos; Marie Anne seguirá con sus clases en el Kings, a la vuelta preparará la cena y nos contará cómo está de harta de su marido, que necesita vacaciones, que necesita un jovenzuelo que le alegre el cuerpo; Westminster siempre será Westminster y cantaremos hasta morirnos de frío 'La Barbacoa' en Navidad; y tú le echarás de menos los días de lluvia. No hay más.
—Por desgracia.
Cécile guiñó un ojo, como huella de empatía.
—Nunca es tarde para cambiar.
Adrienne, que había atendido con interés el monólogo de Cécile, inclinó su cuerpo hacia un lateral y cogió su bolso.
—Llámale, anda.
Negué con decisión.
—No.
—¿Por qué?
—Le puede el orgullo.
—¿Y no está pudiendo contigo ahora?
—Es distinto—continuaba negando—. No tengo noticias suyas desde hace días, y ya ves tú, un par de palabras cruzadas en mensajes de texto.
—Te llamó desde el aeropuerto, aún así.
—Ya.
—Os vais a ver mañana, ¿no?
—Todavía no lo sé.
—¿Qué?
—Que no lo sé.
—¿Por qué? No seas estúpida.
—Tengo dudas.
—¿Otra vez aquel muchacho de...?
—Sí...., bueno, en realidad no. No, no, soy yo. Es que, no sé. No lo tengo claro. No sé qué siento. No sé... a ver, sí, sé que siento algo.
—Pues ya está.
—No, ya está no. No vale ya está. No vale gustar.
—Siempre tienes que ir a lo grande.
—No sé con qué intensidad es.
—Ya evolucionará, tiempo al tiempo. Crees que enamorarse es cosa de... De cuentos, de desperatrse y tenerlo claro. No, amiga, llega con el paso de los días y los meses, de la convivencia. Te enamoras cuando estás con él.
Balbucí mentalmente una respuesta, y frené en seco. Adrienne me miró inquisitiva, al advertir el gesto de represión.
—Respecto a eso...
—Ambas sabemos—me interrumpió antes de conseguir formular mi frase— que eso sí que fue distinto.
Se hizo un largo silencio en la mesa. Johana dibujaba con las gotas de cerveza derramada mientras las demás hacíamos acopio de fuerzas para pedir una última ronda, sin saber aún muy bien si brindar por un futuro incierto o un pasado insuperable.
Cécile se levantó de la mesa y recogió las pocas monedas que quedaban ya, para acercarse a la barra.
—Quizás—apostilló—ya es hora de dejarlo pasar. Por muy distinto que fuera.
[...] And the jostling crowd, you’re not allowed to tell the truth
And the photobooth’s a liar, and the sharpened explanations
But theres no screaming reason to inquire [...]
8.31.2012
25
— ¿Y no crees que eres una adicta al drama? Una pobre chiquilla con cara de no haber roto un plato y con algún que otro palo. Reconócelo.
—¿El qué?
—Que, detrás de todo esa máscara, te gusta. Convertir tus vivencias en una especie de tragedia griega. Porque podrías hacerlo más sencillo, pero supondría demasiadas cosas, como enfrentarte a ti misma.
8.15.2012
24
Era un aeropuerto. Era el aroma del césped fresco y tres toallas extendidas sobre la hierba, digno de británico de pura cepa con el que lidiábamos cada vez que hacíamos marcha hacia el Centro. Éramos unos cuantos inútiles traficando con paquetes de tabaco con complejo de coleccionista. En los estantes de las cocinas se aglomeraban en un orden aleatóriamente jerárquico botellas de todo tipo de marcas de alcohol. Mi favorita era una miniatura de Jack Daniel's que robamos en un Tesco cercano a la residencia, entre un Smirnoff Ice y un Jaggermaster. Sobre la encimera quedaban algunos restos de las pizzas que tuvimos que encargar, entre risas y urgencia, la noche anterior, puesto que los rugidos de nuestros estómagos sobrepasaban de largo el nivel soportable de decibelios. Similitudes y coincidencias que nacen de la convivencia. Se llama amistad, así aparece en el diccionario. Pero nunca quise llamarlo de ningún modo, porque echar de menos se echaba de más entonces. Qué sentido tenía, si por conocerlos ni los conocía, y menos quererlos. No los quería.
Los acabé queriendo, así también pasaban los días. Donde antes no había lugar para el cariño ahora era espacio más que de sobra para acogerlos a todos. Es el roce, es compartir carcajadas y descorchar champagne y vino. Aprender que hay más mezcla con la Coca-Cola que el ron y quién de todos me resulta el más golfo. ¿Por qué te abalanzas sobre una sandía? En aquellas lejanas tierras limítrofes, punto de encuentro de toda clase de culturas, no existe pieza de fruta sin atraco a mano armada. No fueron escasas, tampoco, las veces que nos tumbamos sobre colchas desfasadas de moda pero suficientes para aguantar las frías noches de Oxford, pasando de estudios a hombres, y de chocolatinas a hombres de nuevo. Préstame tu camiseta, y no tardes al volver de la ducha mientras llamo a mi abuela por teléfono. Suspiros, ven que te ayudo, ven que te explico y ven que te los presento. La rutina se vuelve dulce como la miel, adictiva como la heroína. ¿Bebo por afición, aburrimiento o diversión? Dormir en la madrugada más espesa confiando en un despertador que sonaría cinco horas después. Aquella imagen de melancolía y nostalgia en mi habitación de seis metros cuadrados se esfumó en cuestión de horas. Dejó de existir. Desapareció.
7.16.2012
23
La anciana salió a su encuentro. Vestía una bata azul oscura, casi negra, o negra incluso. Se trataba de uno de esos tonos extremadamente complicados de definir. El tejido en cuestión llevaba un estampado de unas gaviotas blancas, en la totalidad de la tela, y estaba decorada con una delicada puntilla en los extremos de las mangas de farol. Su pelo era cano, blanquísimo, como el de las casas encaladas de los municipios cordobeses, y estaba recogido con un tirante moño de bailarina. Sus facciones eran dulces y amistosas, al igual que su carácter. Unas divertidas pecas salpicaban su pequeña nariz de porcelana. Cumplía cada uno de los tópicos que nos venden las películas Disney sobre viejecillos adorables, así que, por supuesto, en sus manos traía una humeante jarra con café, recién hecho, cuyo aroma empañaba sus cristales.
- No corras Puam, un día de éstos tropezarás. Recuerda que hace dos días que enceramos el suelo. Maldita la gracia - añadió con un tono de tristeza - que tuviéramos que ir de vuelta al hospital. Pierre ya se sabe de memoria el número de la seguridad social.
Suspiró, cansada, y volvió a sus quehaceres diarios. La chiquilla la siguió trotando hacia la cocina.
- ¡Abuelita!
La anciana se giró de nuevo, con la misma sonrisa con la que la había recibido hacía unos instantes.
- Dime Puam.
- ¿Cuándo vuelve el abuelito?
- No tardará demasiado. En unas horas, si mejora el tiempo. Ya sabes que los pescadores trabajan hasta el mediodía.
- Sí abuelita. ¿Crees que tendrá miedo?
- Para nada. El abuelito es muy valiente, está acostumbrado a todo.
- ¿De verdad que echó a los alemanes durante la guerra?
- Claro que sí - rió la mujer -. Se compincharon todos los de aquí, del pueblo, y echaron a los comandantes con picos y palas.
- Qué valientes. ¿Y tampoco tuvieron miedo? Yo les hubiera dado muy fuerte, y no les habría dejado volver nunca, nunca, nunca.
- Bueno pequeñaja - dijo, haciéndole unas cosquillas en los brazos - ve a arreglarte que nos vamos a dar una vuelta por el centro. Tengo que ir a comprar verdura, ¿me acompañas?
- ¡Sí!
- Pues sube, venga. No tardes. Y acuérdate de coger...
- El chubasquero.
- Muy bien. Venga, ¡corre!