10.23.2013

Pathos III

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A mi en realidad nunca me acabaron las biografías. Siempre tuve la sensación de que aquel que desea poner en manifiesto y conocimiento del mundo cada uno de los detalles de su vida, es un egolatra enmascarado. O sin enmascarar. Las máscaras para el carnaval. En Madrid nos gusta la gente con la cara al descubierto, de frente, levantando el puño o la palma, pero de cara, ¿eh? Las dagas en la espalda no son gusto de nadie. En realidad es el día a día, por eso nos desagrada. Muchos predican con eso de que antes verdad que duele que mentira que abraza, pero no son tan puros de corazón de diario. No, no. Ni yo mismo. El otro día en el café teatro se aparecieron unas muchachas de éstas, unas jóvenes de las que se meten en Filosofía porque se dejan llevar por esa paparruchada que es la vocación. Vocación, joder. Hoy día se habla de vocación como de un bocata de lomo con queso, como si pudieras adquirirla en cualquier lado así, sin más. Oye, una de vocación a la marinera, y ya está, tan simple y sencillo. No sé, ¿Filosofía? ¿En serio? ¿Que no les dijeron en la escuela... Los putos filósofos están para encerrarlos. Yo qué sé lo que se metería ese tal Hegel, pero ya tuve la mala suerte de dedicarle horas de estudio para una Selectividad mediocrita, que ni me permitió entrar en lo que me apetecía. En fin, yo qué sé, siempre acabo hablando de cosas que no vienen al caso. Y las muchachas, pues eso, se sentaron al lado. Eran muy monas, no tendrían más de veinte. A las chiquillas de hoy en día se les va un poco la cabeza con lo de los ideales, y la televisión y las redes sociales y toda esa parafernalia. ¿Has visto lo de las manifestaciones? No sé, nunca me he fiado de los sindicatos. Lo leí anoche el periódico, mira, en el café teatro, precisamente, que los habían subvencionado con no se qué cantidad inmensa de dinero. ¿Tú te crees? Son los primeros que se llenan los bolsillos, ¡y bien luego que hablan! Pues eso, y se sentaron a hablar de María, sí, sí, la Platerita. Se me cayó el alma. A ver, podría haber sido cualquier otra María, eh, pero yo sabía, lo sabía. Era María, mi María del alma. Hacía años que no escuchaba su nombre en boca de otros. Me pregunté qué fue de ella y de su melena a la altura de los hombros. ¿Te conté cuando se la tiñó de color carlota? Por Dios, parecía una calabaza. Se pasó toda la noche llorando y pidiendo un pelapatatas diciendo que se montaría una máquina del tiempo para arreglar el estropicio. Le faltaba un regón, a la chiquita, pero era un amor. Aunque para amor, el de Pascualín. Bueno, amor, amor... Tampoco era amor, pero más o menos, capricho, sí, capricho juguetón. Siempre que venía a visitarla se le iban los ojos un poco hacia afuera, como a un lobito hambriento. Menudo golfo que era, por qué le gustaría tanto a la Marieta, ¡si era un don nadie! Un Don Juan sin oficio ni beneficio, bah, más poca cosa. No servía ni para servir cafés en Lavapiés.

Orchid I

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Zygmunt tenía veinticuatro cuando lo amordazaron con la cuerda del cobertizo y le rasgaron la piel con un cuchillo de sierra. Era el veinticinco de octubre de mil novecientos noventa y siete.
A Marion le gustaba cómo la sangre le chorreaba de un modo peculiar y dantescamente artístico sobre el lienzo que era la piel de Zyg. La nieve había absorbido gran parte del líquido y se expandía a una velocidad siniestra y alarmante.
—Llevaos a los chicos—masculló uno de los policías, un hombre grande y serio, con el bigote espeso y las facciones duras, propias de un prusiano. Se había alejado para vislumbrar las pisadas de barro de los supuestos asesinos, pero nada que permitiera identificarlos. No había prueba ni rastro de ADN que fuera a facilitar avanzar en el caso. Los curiosos empezaron a asomarse a través de las cortinas de los salones, dejándose llevar por el horror y el morbo de la situación. La señora Pitcher se llevaba las uñas a la boca constantemente y susurraba incoherencias. Celestino apuraba un café, al otro lado de la mesa.
—Era un pobre muchacho.
—Esta juventud está enferma, ¿te has fijado, eh, te has fijado? Eso son las drogas y los padres, que no ofrecen una buena eduación a los muchachos, pero, ¿de qué educación hablamos? ¿Los has visto? Ayer los vi fumando en el portal, ¡y al entrar al instituto! Es una vergüenza, te lo digo yo, ¡me asusta! ¿Y si nos pasa a nosotros, Celestino? ¿Y si nos amordazan? ¿Y si me violan? ¡Ay, no, por Dios, Virgen Santísima, qué horrible, qué desgracia tan grande! Las drogas, Celestino, ya te lo he dicho. Esta gente se mete de todo y en cualquier momento. Espero que no le pase nada a Susan, espero que no se acerque, mañana no saldrá a la calle.
A Marion le gustaba la sangre, sí, pero no podría nunca sentir más que sencilla curiosidad por las lágrimas carmesís que caían denotando lo irreversible del suceso.
—Está lloviendo—suspiró Peter. Se le había cubierto el pelo de hollín y hojarasca, tras permanecer horas espiando tras los setos. Era el hijo de la señora Pitcher.
El cielo se había encapotado en el letargo dulce de las horas. Marion se sacudió con un gesto leve las rodillas.
—Vamos a casa. Tengo frío.





10.22.2013

Pathos II

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Hubiera firmado por un capítulo como aquel. Hubiera firmado por una antesala llena de libros y editoriales, por levantarse tal cual salía de una entrevista de negocios con la elegancia de la mujer moderna.

María se desvistió con desgana. Se dejó la blusa fina de tirantes, y a continuación desabrochó sus pantalones con una delicadeza sempiterna. Me veo, pensaba, me veo sobre un escenario, con cientos de personas, cientos de ojos con críticas, y la cámara al fondo grabando. Sería bonito, salir en Televisión Española, en ese programa de la tía alta y huesuda. La verdad que Pascual es tan dulce. Imaginá, en medio del espectáculo. Ay, me pillé. Estos pantalones se me quedan apretados, en exceso. A Pascual le encantan. Me ha gustado cómo me ha mirado al ver que lo estaba esperando en el portal. No sé si se fijó en la lencería. Me encanta este conjunto de encaje, es tan suave, ¿qué pasá que suenan las bocinas fuera? Ya estamos otra vez con los drogadictos, no se cansan de hacerlo mal. Ay, cómo me camelé al jefe de policía aquella vez, ay Pascual qué diría si se enterara, me mataría, lo sé, es tan celoso, se vuelve loco, pero cómo folla, ay, cómo, se me han erizado los vellos del antebrazo, adoro cuando pasa la lengua por y Dios creo voy a llamarlo, me muero, me muero, ah, y cuando lo hicimos en los aseos aquellos del cinema, fue fantástico, necesito el teléfono, ¿dónde está, dónde lo he dejado? Qué desastre de apartamento, luego buscaré a Anita, me pone enferma que no haya recogido todavía la mesa del desayuno, la gente que sólo vive para dormir me enerva, me enferma, es tan desagradable, merecen un infierno aparte de los de Dante, ¡está lleno de jugo de sandía!, la mato, no puedo, ah, aquí está, seis cinco siete cuatro dos sí, aquí, espero que lo coja. Joder, me volví a quedar sin papel, tengo que bajar luego a Rosarito a pedirle, y los huevos, la tarta de arándanos estaba podidamente ¿Pascual? Ah, sí, sí, soy su prima. Sí, decíle que lo llamé, por favor. Gracias, a usted. Jodido cabrón, ya se está tirando a la secretaria. Me voy a por el papel.

Pathos I

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Hacía viento. Siempre lo hizo. Siempre se comportó como si la vida se le fuera entre los dedos, como si se despertara cada mañana al borde del abismo de la colilla de un cigarro, y qué. Y qué, más que suspiros. Redoble de tambores sobre el corazón, los pálpitos.
Era Madrid el quince de septiembre del año cualquiera. Era un cierto aroma a bollos recién hechos, y el horno en la esquina de la avenida de América. Dulce sobre el especiado de la leña, y el diálogo fluido de dos ancianas. Se cierne sobre la capital un manto púrpura que señala en dirección a los primeros atisbos del amanecer.

Aparentemente no hay nada de Madrid que no le guste al residente nato ni al innato gato. La sencillez de sus callejuelas y el sinvivir de sus habitantes es el encanto que prima sobre el ruido que, quizás, disguste a tantos otros. Nadie imagina Madrid de otro modo. Yo no me imagino a Madrid sin sus embotellamientos a primera hora de la mañana, ni sin manifestaciones a última del día. Los señores trajeados y con carteras del metro, las señoras que disimulan no mirarse en el reflejo de las superficies brillantes. Por el rabillo del ojo. Eh, o sí, o qué, que también las has visto. Lo digo, digo Diego.
Se dice que María vivía sin complejos. Mentira, sin complejos de físico, que es el único complejo aceptable hoy día, que a uno se le olvida que la Vogue, que el periodiquillo, que la comidilla televisiva, que la radio que Internet, que si Twitter, etcétera. Tenía complejo de sentirse corriente, empezando por su nombre. La señá Antonia decía que María era nombre de virgen e inocencia, cosas que la joven bien careció iniciada ya la adolescencia. Se le perdió la virginidad un mediodía en los aseos del colegio de señoritas, y la inocencia en manos de un simpático muchacho que se encargaba del mantenimiento en la escuela. Recuerda todavía sus yemas llenas de sangre y los pinchazos. Pero nada de Pepe. Si es que Pepe, lo llevaba loquito, pasillo arriba pasillo abajo, con esas rodillas tan blancas y de nena, le perdía la muñequita.
Poco tiempo pasó cuando siguió explorando esas sensaciones que, si bien en un principio poco llamaban su atención, le abrieron un nuevo mundo de apetencias y desconocidos placeres.
Con cierta frecuencia, María, que desde niña había mostrado su interés y desarraigo a las costumbres propias de la familia, comenzó a visitar los locales de la Malasaña de aquellos años, de los años antes a cualquiera, imagina, mirá, qué años. La llamaban Platerita, por sus modales argentinos y esa picaresca propia de los rioplatenses. Se fumaba los cigarros como un buen hombre de negocios un puro, los enrollaba en el papelito fino de liar, el tabaco ese, migajado, aromático, pasaba la lengua y ahí, ya quedaba, un rasgar de encendedor y ahí que iba un cuarto cigarro. Las uñas se le volvieron amarillas, pero Platerita, la nena, los ojitos de miel, guardaba en su mirada y formas el encanto de la mujer fatal de aquellos años. Los de antes. Los de muy entonces.
Yo había llegado con mis modales antiguos y mis sonrisas de bebedor. La muy fingida disposición a atreverme a lanzar la caña a cualquier muchacha con risita repugnante, de las que te agotan la billetera. Maria te agotaba la billetera, de acuerdo, pero María era María. Una Lolita encantadora, de las que no quedaban. Por cincuenta te hacía la mejor mamada de la historia, contada y por contar, digo la Historia, eh. Soy discreto. Pero lo de aquella mujer no era normal, no, sus miradas (de las indiscretas, sí) prometían exactamente lo que la imaginación te jugaba en pocos segundos. Tenía los senos pequeños y la lengua suelta, y las carnes prietas, eh, de poca carne, pero firme y dura. Tenía la piel suave como una caricia de melocotón, y las caderas estrechas. Gemía con un placer oscuro las noches de luna llena, eso también lo recuerdo. Se aparecía en el portal con aquella mirada de indiferencia, cigarro en mano (decimotercero), y a continuación subía las escaleras muy lentamente, marcando cada paso, cada peldaño. Os juro que era sexo en estado puro. No sucio, pero sí enigmático, magnéticamente frenético. Lamía con lujuria su vientre y así empezaba con la respiración entrecortada. Cerraba los ojos en medio de aquel éxtasis buscado y esperado, cómo lo sabía, cómo me volvía aquella chiquita. Loco.


10.08.2013

54

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Nunca supe diferenciar entre las eses a final de palabra y las de principio. Siempre me sonaban a hueco, a rasgar de papel. Tampoco tuve claro si (g/j)irafa o e(x/s)


Me acaban de llamar gurú de mierda. Resentimientos, quizás me pasé, por vez enésima. Es gracioso. Me acaban de despreciar hasta el punto más infinitésimo existente, y lo primero que me viene a la cabeza no es ni compasión ni remordimientos, sino Leibniz y sus límites. Su cálculo infinitesimal.
Es existencialismo, quizás en una vertiente terriblemente dañina. Por una vez, no es autodestructiva, no sé hasta qué punto es bueno. Lo dulce de la autodestrucción es que es una amante egoísta, y la guardas para tu íntimo y único ser. No se comparte. Mía, tuya, suya, nuestra, vuestra, suya.
¿Y ahora? Qué vil, qué ironía, si justo me iba a poner a reflexionar en blanco, de ahí las primeras líneas que poco tienen que ver con el resto (por vez enésima). Que si aquello de las mónadas y su puta madre, que si los obsoletos y la ortografía, y esas paparruchadas que le vienen a un(a/o) cuando la noche afila sus (¿mis?) cuchillos. Las líneas simples del pensamiento, las profundidades recónditas de una caverna que más tiene que ver con Jünger que con Platón. Discernir, el aplauso del mediodía sobre la lluvia de un mes de Marzo.
Qué indiferencia supone el odio cuando el vacío, si bien existencial o no, es el que devora las entrañas como Cronos a sus hijos. Cronos y las pupilas dilatadas, las carnes sangrantes y la cara desfigurada. El rostro del horror, el mismísimo diablo durante mi tierna infancia. 

Otro párrafo más antes de un nuevo paso a la realidad.
A un(o/a) se le olvida. Será normal. Siempre preferí el teatro.

9.28.2013

53

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Quizás es que de un modo escuetamente compasivo nos llaman la atención las historias ajenas, siempre y cuando se localicen en un entorno cuanto menos bohemio. Digamos, en pocas palabras, que el encuentro fortuito de pretérito y presente araña nuestros corazón, corazón coraza, corazón de terciopelo, como el del melocotón. Un baile pintoresco de sensaciones, un vals de entresijos y compases descoordinados, unas delicadas manos que se deslizan sobre el ébano y el marfil de los tiempos pasados. Siempre café con luz de media tarde, los tornasolados impregnan su carmesí de vainilla en el ambiente.
A uno se le cansan las manos y las neuronas de pensar en pasado. Hay demasiados tiempos. Pretérito perfecto, el simple y el compuesto, y luego el imperfecto, que también peca de desdoblamiento de personalidad; el pluscuamperfecto con sus dos vertientes, y el condicional, el que más duele, el que deja con la miel en los labios. Todos se olvidan del futuro y del presente en el Café de Las Camelias, pero en un esfuerzo compensatorio por evadirme del calor húmedo del Levante no se me ocurre otra cosa que contradecir lo establecido y desgarrar un par de folletos de hace dos años. Se desgarran sístole y diástole, de pronto, a la par, al mismo tiempo, y la ternura se deshace sobre las palmas sanguinarias. Asesina de recuerdos, devoradora a contracorriente del sucio dolor-placer de la morriña. Aquí de nuevo. ¿Ves? De nuevo, de viejo, morriña, nostalgia, melancolía, Café de las Camelias. Reproduciéndose en un tocadiscos, vinilo de diamante (de sangre).
Quizás los días dejan cada vez menos huella. Ya no queda rastro de cristal sino manchas de cuando la lluvia golpeaba las ventanas, en tiempos de tormenta.
La calma se alzó en el horizonte, triunfante. No es mi estilo, esto de la paz y tranquilidad, pero las quejas son quisquillosas, y más cuando la tormenta te hacía llorar de lo empapada que te dejaba.
A veces es mejor ducha con ropa que calarse hasta los huesos con diluvios de otoño.

6.30.2013

"Any other world"

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Bau

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En las noches de invierno es amargo y es dulce
Escuchar, junto al fuego que palpita y humea,
Como se alzan muy lentos los recuerdos lejanos
Al son de carillones que suenan en la bruma.
¡Feliz campana aquella de enérgica garganta
Que, pese a su vejez, conservada y alerta,
Con fidelidad lanza su grito religioso
Como un viejo soldado que vigila en su tienda!
Pero mi alma está hendida, y, cuando en sus hastíos,
Quiere poblar de cantos la frialdad nocturna,
Con frecuencia sucede que su cansada voz
Semeja al estertor de un herido olvidado
Junto a un lago de sangre, bajo un montón de muertos,
Que expira, sin moverse, entre esfuerzos inmensos.

5.17.2013

52

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No había luz. Había por doble partida, partida por la mitad con el trazo suave de la sombra de una lámpara, éstas que se llamaban Art Decó. Estas tantas que como cualquier moda se difumina con los años su presencia.
Apretó sus labios y suspiró con delicadeza. No había nada más que delicadeza en cada uno de sus gestos, como un etéreo hálito de inocencia inmerme, descuidadamente calculado. Hermoso. Hermosa, como toda ella. Era un moño caramelo desecho, con un par de mechones sobre la frente y los parietales. Era una sonrisa dulce de limón y dientes menudos y brillantes. Era mejillas coloradas y la sensación de que las horas no eran más que un entretenimiento simple, una obligación en ocasiones. La existencia del estrés como incógnita de su propia existencia: nunca perdió la calma ante los problemas. Quizás es que nunca tuvo. Quizás era su simpleza, su sencillez. Y es que era la más perdonable de las transparencias, el arquetipo más consentido.

5.05.2013

51

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" Cuando Bretón descubrió mi pintura, se mostró disgustado a causa de los elementos escatológicos que la mancillaban. Esto me dejó atónito. Yo me estrenaba en la mierda, lo que, desde el punto de vista del psicoanálisis, sería interpretado más tarde como el feliz presagio del oro que amenazaba ¡felizmente! con desparramarse sobre mí. Con toda insidia, intenté hacer creer a los surrealistas que esos elementos escatológicos no podían por menos que traerle suerte al movimiento. No vacilé en invocar en mi auxilio la iconografía digestiva de todos los tiempos y de todas las civilizaciones: la gallina de los huevos de oro, el delirio intestinal de Danae, el asno de los excrementos dorados, pero no quisieron escucharme. Así pues, tomé rápidamente una decisión. Dado que no querían saber nada de la mierda que yo tan generosamente les ofrecía, guardaría esos tesoros y ese oro para mí. El famoso anagrama, trabajosamente elaborado por Breton veinte años después, «Avida Dollars», hubiera ya podido lanzarse en aquella época.
No necesité pasar más de una semana en el seno del grupo surrealista para descubrir que Gala tenía toda la razón. Toleraron, hasta cierto punto, mis elementos escatológicos. Pero, en cambio, ciertas otras cosas fueron declaradas «tabú». Reconocí en todo eso las mismas prohibiciones que me imponían en el seno de mi familia. Me autorizaban la sangre. Podía añadirle un poco de caca. Pero no tenía derecho a emplear sólo la caca. Me autorizaban a representar sexos, pero no fantasías anales. ¡Cualquier clase de ano era observado de modo muy sospechoso! Las lesbianas les gustaban mucho, pero no los pederastas. En los sueños podía utilizar sin limitaciones el sadismo, los paraguas y las máquinas de coser, pero, excepto para los profanos, todo elemento religioso, incluso de carácter místico, me estaba prohibido. Si soñaba simplemente con una madonna de Rafael sin blasfemias aparentes, me prohibían hablar de ello...
Como ya dije antes, me hice cien por cien surrealista. Consciente de mi buena fe, me decidí a llevar adelante mi experiencia hasta sus consecuencias más extremas y contradictorias. Me sentía dispuesto a proceder con esa hipocresía mediterránea y paranoica de cuya perversidad conozco todos los secretos. Lo importante, para mí, era cometer el máximo número de pecados, por más que ya me deslumbraran los poemas de san Juan de la Cruz, que hasta el momento sólo conocía por habérselos oído recitar a García Lorca. Tenía ya el presentimiento de que, más adelante, la cuestión religiosa iba a plantearse seriamente en mi vida. A imitación de san Agustín que, mientras se entregaba al libertinaje y a los placeres orgíacos, rogaba a Dios que le otorgara la fe, yo invocaba al cielo añadiendo: «Sí, pero no enseguida. Un poco más adelante...». Antes de que mi vida se convirtiera en lo que es hoy día, un ejemplo de ascetismo y virtud, quería agarrarme a mi ilusorio surrealismo de pervertido poliforme, aunque sólo fuera durante tres minutos más, como el durmiente que se afana por retener las postreras migajas de un sueño dionisiaco. El Dionisio nietzscheano me acompañó por doquier como paciente ama de cría, y muy pronto me di cuenta de que al ama le salía un moño y de que su manga se engalanaba con un brazal con una cruz gamada. Toda la cuestión iba a engamarse, ¡perdón!, a enredarse entre los mismos que, además de chochear, ya no sabían hacer otra cosa que enredar.
Jamás negué a mi flexible y fecunda imaginación los métodos de investigación más rigurosos. Éstos no hicieron más que proporcionar algo de disciplina a mi insaciable voracidad congénita. Por eso, diariamente me esforzaba para que el grupo surrealista aceptara una idea o una imagen que estuviera en completa contradicción con el «gusto surrealista». Todo lo que constituía mi aportación contrariaba, en efecto, sus deseos. "

Diario de un genio, fragmento.
Salvador Dalí.

50

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"Ha dicho Octavio Paz: "Basta que un hombre encadenado cierre sus ojos para que pueda hacer estallar el mundo", y yo, parafraseando, agrego: bastaría que el párpado blanco de la pantalla pudiera reflejar la luz que le es propia, para que hiciera saltar el universo. Mas, por el momento, podemos dormir tranquilos, pues la luz cinematográfica está convenientemente dosificada y encadenada. En ninguna de las artes tradicionales existe una desproporción tan grande entre posibilidad y realización como en el cine. Por actuar de una manera directa sobre el espectador, presentándole seres y cosas concretas, por aislarlo, gracias al silencio, a la oscuridad, de lo que pudiéramos llamar su hábitat psíquico, el cine es capaz de arrebatarlo como ninguna otra expresión humana. 
Pero como ninguna otra es capaz de embrutecerlo. Por desgracia, la gran mayoría de los cines actuales parecen no tener más misión que ésa: las pantallas hacen gala del vacío moral e intelectual en que prospera el cine, que se limita a imitar la novela o el teatro, con la diferencia de que sus medios son menos ricos para expresar psicologías; repiten hasta el infinito las mismas historias que se cansó de contar el siglo XIX y que aún se siguen repitiendo en la novela contemporánea. 
Una persona medianamente culta arrojaría con desdén el libro que contuviese alguno de los argumentos que nos relatan las más grandes películas. Sin embargo, sentada cómodamente en la sala a oscuras; deslumbrada por la luz y el movimiento que ejercen un poder casi hipnótico sobre ella, atraída por el interés del rostro humano y los cambios fulgurantes de lugar, esa misma persona, casi culta, acepta plácidamente los tópicos más desprestigiados. El espectador de cine, en virtud de esa clase o de esa especie de inhibición hipnogógica, pierde un porcentaje elevado de sus facultades intelectivas. 
Pondré un ejemplo concreto: la película titulada Detective Story o Antesala del Infierno. La estructuración de su argumento es perfecta, el director magnífico, los actores extraordinarios, la realización genial, etc, etc. Pues bien, todo ese talento, todo ese savoir faire, toda la complicación que supone la máquina del film, fue puesta al servicio de una historia estúpida, notable por su bajeza moral. Me viene a la mente aquella máquina extraordinaria del Opus II, aparato gigantesco, fabricado con el mejor acero, de mil engranajes complicados, tubos, manómetros, cuadrantes, exacto como un reloj, imponente como un trasatlántico, que servía únicamente para timbrar la correspondencia. "

El cine, instrumento de poesía. (fragmento)
Luis Buñuel.

4.30.2013

49

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Es dulce hasta el contoneo de tu cintura sobre mi pelvis, y el rasgar suave de las sábanas. Es dulce cómo te despeinas y te sacias, de espectáculo de variedades, de dónde habrás salido sino de allí. Es dulce, como bien te he dicho tantas otras veces, que hasta la más mínima partícula de tu piel se erice con las caricias de unos cuantos besos. 
Pero se pierde la dulzura si te acercas y te veo nada más que con ojos de pantera, ojos de ámbar, de depredador famélico, de muerto de sed y hambre, con la brújula sin marcar a ninguna parte. Se me aceleran los pálpitos, los pensamientos, los impulsos y la desesperación absoluta, absoluta velocidad de un láser que atraviesa la consciencia. Un torrente sanguíneo que se abre camino hacia las mejillas. Prende y arde, arde y prende, inflamables como las páginas del Fahrenheit. Heroína, cocaína, antesala de un par de colisiones de placer, tiempo, olas, maremoto, terremoto, tifón, huracán. Descarga eléctrica, los cátodo y ánodo de una batería incandescente. Y un zumbido que me atraviesa la médula con las zarpas sobre la presa.
De pronto, ausencia. Parálisis. Pausa. Una mano que se detiene, un músculo que se contrae. La dinamo detenida en un choque frontal, auspiciado. Se invierte la catálisis. Velocidad absoluta en un mundo donde Lorentz no tiene espacio ni reconocimiento. No sobre sus cimientos. No sobre los de ella.
Se aparta un par de mechones. Sólo la veo con curvas aunque no tenga. Sólo la veo como Fortuna, Fortuna Brevis. Detesto su egoísmo, su ascendencia caprochisa. Maldita Annonaria, la puta que te parió. ¿Qué pretendes? ¿A qué juegas? Me he perdido, ¿que me has insinuado algo distinto? ¿Es mi interpretación? Interpretación la tuya con ese sucio mover de alfil a traición, de dama negra en el acecho. Me desquicias, exasperación, represión contestataria de tu yugo, de tu cándida sonrisa envenenada. Y te tendrías que joder, y ahora que te jodan, y que te jodan, y no te levantas ni con excusas de mierda ni segundas. Ésta no te la paso, y Dios si te la paso, ¡puta impotencia de no saber por qué cojones, por qué me sigues girando la cara como si fuera otro cualquiera!

-¿Qué te ocurre?

Pausa.

-Ey. ¿Estás?

Como si no lo supieras.

-Nada.

Silencio.

- Jack.

Silencio. 

- Jack.

No mires.

-Jack, por favor...

No.

-Jack, mírame. Por favor.

No.

-Yo...

De acuerdo.
Suficiente. Acopio.
De acuerdo, indiferencia. El gesto más sutil, lo más dañino posible.
Y allí. Ahí está. Cervatillo acorralado, perdido, confundido, cansado. Y se me vela la mirada de celuloide con el caleidoscopio de tu inocencia. 
Paciencia, como un susurro. Paciencia, vuelve a la jaula. La bestia en cautividad que se encierra demolida, amansada, dominada por la luz de la dama. 
¿Cuántas noches lleva? ¿Cuánto tiempo es la paciencia? ¿Hasta cuándo no reaccionará? ¿Hasta dónde será verdad que me quiera?

3.30.2013

48

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Zabr abre los ojos sin inmutarse. Se despierta con la voz ronca del estrés post-traumático del último chupito de tequila.
Hace días que no piensa. Días y semanas. Días y meses. Tiempo. Desconoce hace cuánto se desenganchó de su heroína, y las jeringuillas se postergan semiocultas en la penumbra de varios cajones, entre hojas de libreta y el mal recuerdo de un par de resacas. Sabe que ese vacío no es más que la segunda parte de una película sin nombre ni carátula, ni escenas dobles ni productivo que la pague. Ella sola haciéndole frente a la cámara, de espaldas a un decorado que no recuerda cómo consiguió.
Resuena como eco sobre sus entrañas, las más profundas. No necesita arrancar ni hígado ni corazón ni coraje, las simples vísceras que odió y amó con tanta perseverancia, y ahora... Ahora. Hablaba de paciencia  para disimular que no esperaba, y se encontró con que la paciencia se convirtió en compañera inalienable, la cara oculta de la Luna, álter ego. Tan pronto como se pudo deshacer de sus quejidos, comenzó a echarlos de menos. Absurdo. La fea costumbre de querer y no querer, como si se tratara de un juego o una partida de ajedrez. Tarde para darse de bruces contra la realidad, también. O pronto. O nunca preparada.
Hay días de octubre que la llaman a la puerta con menos frecuencia de la que se esperaba. Quizás es que al final ha madurado, como las manzanas en primavera. Quizás es el almendro que se hiela con la mínima ráfaga de frío siberiano.
Abre de nuevo el de Isabel Allende con la inocencia de un chiquillo.
"Yo no quiero, ni sé querer. Nunca he sabido ni tengo intención por aprender. Tengo miedo, miedo de lo desconocido, miedo de lo vivido y de volver a revivir. Miedo del miedo, de huir."
Y se funde como hierro en una amalgama de lágrimas y luz tornasolada, sin querer bajar la persiana con temor a que se desencaje de la realidad. Que se desate, como un ser pequeño, indefenso, y no sepa reencontrarse. Aunque, es posible, el auténtico reencuentro sea ese llanto amargo.

3.07.2013

47

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Hoy he luchado entre tus sábanas. Sábanas de miedos y sábanas de recuerdos, sábanas de algodón dulce, suave, de caricias veraniegas. Sábanas hechas jirones al cabo de varias horas, cuando el reloj-despertador marque las 4:26.
Se desnuda con timidez. Es pequeña, parece pequeña. Una gacela al borde del colapso, sin bien saber si echar a correr o confiar, por una vez, en el guepardo. Esta vez no hay penumbra, no hay Madrid, no hay desayuno continental ni ola de frío que arrase desde Siberia. Sólo avenida y estores bajados, las persianas a media altura, y un apartamento vacío.
Oscuro. En silencio.
Medita, sopesa. Durante un par de minutos su mente no deja de barajar posibilidades, situaciones, coraje, bulle de información, hierve la sangre bajo su piel de gallina, sus ganas de desaparecer. En realidad no querría haber venido. En realidad no querría haber empezado. En realidad estaba deseando follarse a cualquier otro desgraciado, cualquier otro recuerdo desdibujado y con afán de protagonismo. Arrancarle los pantalones borracha e inconsciente, dejarse llevar por las burbujas del alcohol y no tener por qué recordar. Un sexo sucio y sin fundamento, sin significado. Vacío, oscuro. Pero no en silencio.
En noches como ésta renacen los antiguos retratos chamuscados, cubiertos de ceniza y pólvora. Varios susurros al teléfono y un par de miradas malintencionadas, intencionadas, calculadas. Inconcluyentes. Y se quedan en miradas, promesas y deseo, puro deseo que se regenera por la cobardía, el ave fénix de mi cordura.

31 (Borrador)

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Píldoras de ansiedad disueltas en el flujo de pensamientos del córtex prefrontal. Actividad cerebral en azul, púrpura y carmesí bajo el análisis complejo de un ordenador, mientras unas líneas contínuas y raquíticas dibujan el extenso folio blanco del electroencefalograma. Cognitivo, del latín cognoscere. No había cursado en su vida dicha asignatura, pero la curiosidad era una de aquellas cosas que le picaban de pequeña, además de los piojos, sea o no indecoroso el decirlo. Así que sí, se trataba de esas palabras que se dedicó a memorizar leyendo un diccionario enciclopédico de consulta. Muchachas extrañas donde las haya. Pues ella era así. Y no había más.



(Boceto 31. 10 de Septiembre.)

46

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Oscuridad. Profunda, densa. Una masa funesta de petróleo y obsidiana. Agujero negro interestelar. Oscuridad.
Resuenan, como alaridos de ultratumba, ecos chocando y rebotando sobre las paredes de hormigón del corredor, una especie de tañidos distorsionados provenientes de las habitaciones del fondo. Piano, guitarra. Como golpes, como violencia. Una sensación de incomodidad y euforia en la nuca y las yemas de los dedos, se eriza el vello de todo su cuerpo. Jean apura con una última calada su cigarro y escupe. Así que estos son los locales. Gira la cabeza primero hacia la derecha, luego hacia arriba, y a continuación levanta un pie del suelo, como quien ha pisado un chicle en medio de la Gran Vía. Una larga grieta recorre todo lo largo del pasillo. Las paredes parecen un cuadro impresionista de moho, humedad y pintadas. Pasa la mano con detenimiento sobre ellos. No entiende lo que está escrito, será obra de algún puto analfabeto alcohólico o de los yonkis que vienen los fines de semana cuando pasan las tres de la madrugada y cierran el Metro.
—Menuda puta mierda—masculla entre dientes.
Sus pasos entremezclándose con esos ecos vagabundos. Un, dos, un, dos. Un soldado que se dirige inequívoca e irremediablemente hacia un objetivo incierto, adhesivo, corrosivo y latente, un corazón enjaulado entre costillas de acero y ladrillo. El cuero de su chupa contrayéndose en ese vaivén de brazos, se mete las manos en los bolsillos como si buscara su mechero y pretende parecer más mayor. Qué gilipollas, a veces se mira al espejo y se ve como si fuera un crío de diecisiete. El pelo, los ojos. A veces no aparenta ni la mayoría de edad, y sobrepasa por cuatro o cinco meses los diecinueve.



(Boceto 46, 8 de Diciembre)

12.04.2012

45

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Las manos de Contra están blancas de encalar los cuerpos mortecinos sobre la hierba. Hace media hora que recoge incansable con una pala la cal y la vuelca sobre la fosa. No ha soltado todavía ni una lágrima, pero le escuecen la nariz y los ojos. También las mejillas. Hace frío, los labios le sangran, se cortan, se rasgan. Ras. Pasa la lengua sobre ellos y deja que el líquido se mezcle con su saliva. Sal. Sal. Es sal.
Pone una mano sobre la cintura y tira la pala con un gesto de desdén y agobio. Está empezando a amanecer y aún no ha conseguido librarse de esa escalofriante estampa que la acompaña desde la madrugada. Suspira. Mira de nuevo a los cuerpos. Son tres, tres cuerpos infantiles. No sobrepasarían los seis años cada uno. Dos niños y una niña. A la última todavía se le ven las trenzas desechas, llenas de barro y nieve sucia. Llevan como una especie de batines, ahora hechos jirones, de una tela fina y vieja, algodón, puede. Pero vieja. Amarillenta, y a bandas azules que la cruzan vertical y en paralelo a los botones. Qué triste, pobres criaturitas. Los niños son siempre las víctimas que más la apenan. Quizás son los que menos tienen que sufrir, y los que lo pagan más duramente.
Hilderbridge se encuentra a unos diez kilómetros aproximadamente de la costa y aún así la influencia del mar en el ambiente es más que notoria. El clima es húmedo, los días de invierno el frío se torna pegajoso y cubre de escarcha todo lo que encuentra a su paso durante la madrugada. Es una población de tamaño mediano, también cerca de la capital del condado, Strossheim. A pesar de ello las vías de comunicación nunca han funcionado como es debido y el transporte público, como el tren, el ferrocarril y las líneas de autobús, constan de complicados horarios sujetos al cambiante temporal de la ciudad y a la demanda de personas que quieran trasladarse a la capital, es decir, aún más variables impredecibles. En los últimos veinte años, el flujo de habitantes de un lugar a otro había variado tanto que los economistas habían cesado en sus intentos de interpretar las estadísticas y lo habían relegado a la libre decisión de las empresas municipales de transporte, para que fuera así que el viajero se adaptara al horario y no el horario al viajero. Simple. Hilderbridge es una ciudad de gente simple y práctica. La gente no se complica. La vida es sencilla y los oficios no se salen de lo cotidiano en una urbe. Los empresarios no son grandes empresarios y nadie se dedica al campo. Básicamente, la profesión estándar es el cultivo de la vida sedentaria y soporífera: llegar a la tienda, a la farmacia, a la peluquería, al bar, a la oficina, y dedicarse única y exclusivamente a acabar lo antes posible con sus tareas, coger el coche y volverse de nuevo a casa. Beso de buenas noches, arropar a los niños, discutir hasta que desean regurgitar sus entrañas y soñar con una rutina distinta. Con escapar a esa sucia y gris realidad con la que cada día se enfrentan, sin saber que la decisión es al fin y al cabo sólo suya, pero que el miedo y la comodidad los aferra al suelo con garras de plomo.
Los registros de asesinatos que se habían recogido desde principios de siglo eran otra de las grandes peculiaridades de Hilderbridge y Strossheim. Eran las poblaciones con más muertes y suicidios de todo el estado. No había ninguna razón concreta por la que sucediera, es decir, las esquelas no aparecían en la última sección del periódico, entre las tiras cómicas y los anuncios de pornografía, por la misma causa. En algunas ocasiones se trataban de ajustes de cuentas entre bandas, otros accidentes domésticos, violencia de género, simple depravación o el desencanto de la vida y la locura yankee por considerar que un perdedor es la peor condena para un buen cristiano. Y es que ése era otro dato a tener en cuenta.
La población era de un 85% de raza blanca, un 5% de hispanos y latinos, un 6'2% afroamericanos y diversos porcentajes de otras razas. Cabe destacar que de ese alto porcentaje de raza blanca, había una excéntrica mezcla de nativos alemanes y daneses, que habían emigrado a principios del siglo XIX con la esperanza de encontrar todas esas fantásticas oportunidades y maravillas de las que hablaban los ingleses y con las que podrían sacar adelante a todas aquellas bocas, insaciables con patata. 
Así, la gran mayoría de la población sentía un exacerbado sentimiento protestante, que en más de alguna ocasión había dado fruto a esporádicos enfrentamientos entre bandas de los distintos distritos de la ciudad, en especial los kot (afroamericanos) con los schnee (los blancos). Con el paso de los años, lo que había significado tan sólo un despreciable extremismo religioso había ido evolucionando hacia posiciones más radicales, y los schnee acabaron formando pequeñas agrupaciones delincuentes organizadas bajo una tendencia ultra-religiosa y autoritaria. Mantenían un código, una estética y un reglamento común a todos los grupos, con un estricto control de los miembros y la ideología. En poco tiempo el movimiento adquirió suficiente fuerza como para suponer una amenaza para la población afroamericana, latina y asiática, aunque sólo los primeros reaccionaron de forma paralela a sus atacantes. Los kot no eran en realidad un grupo homogéneo y reglamentado como los schnee, sino que conformaban una red de amistades y contactos muy densa y extendida con un organismo local que organizaba las partidas y milicias y otros suborganismos dependientes. Más que un movimiento, los kot se trataban de una sociedad o comunidad que actuaban en defensa de sus derechos y libertades, recurriendo al escándalo, al desorden público y al asesinato si era necesario. No había una actuación libre, sino que todo quedaba en manos de una previa aprobación de todos los componentes. No había que confundirlo con los sindikat (los sindicatos y organizaciones de protesta obrera). Los kot no buscaban un cambio en el sistema ni en las condiciones de trabajo. El sistema organizativo sí que había sido adoptado de los sindikat pero no se posicionaba dentro de ninguna tendencia política, tan sólo se limitaba al tema racial. Había una jerarquización dentro de la comunidad que funcionaba con bastante buen resultado y también una rica mezcla de clases, desde comerciantes hasta obreros, y también patronos y clases medias-altas. La unión era el color de piel.
Pero en realidad el porcentaje de asesinatos que respondían a los enfrentamientos de schnees y kots tampoco era tan significativo como para que consiguiera que el número de muertes se disparara de aquel modo tan desconcertante. En realidad, lo que más llamaba la atención de todo aquel recopilatorio de datos (Hilderbridge estaba repleto de estadísticas realmente complicadas de estudiar y que enamoraban a los profesores de la Facultad de Economía) era, precisamente, ese "otras causas", esas dos palabrejas en cursiva y doble subrayado que venían a significar una única causa.
Paschen.

11.26.2012

44

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Se te ablandan hasta los recuerdos cuando se trata de café. Y duelen menos, parece que se difuminan por siempre incluso, con las caricias de otros. Quizás es que, después de todo, puede que sepas dar pan y tener hambre al mismo tiempo. Que no sea tan sólo pan, ni únicamente hambre. Y que las decisiones precipitadas y sin pensar también dan cabida a buenos principios, siempre que la situación sea la que mezca la cuna, y te dejes llevar. Y que conduzca él en la carretera, mientras observas por la ventanilla el cián de un cielo que hacía tiempo que no veías con tanta claridad.
"Nos resignamos al momento único y feliz. Preferimos perderlo, dejarlo transcurrir sin siquiera hacer el razonable intento de asirlo. Preferimos perderlo todo, antes que admitir que se trata de la única posibilidad y que esa posibilidad es solo un minuto y no una larga, impecable existencia."

11.09.2012

43

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Anoutz se apoya sobre la baranda. Mantiene entre sus manos una infusión con aroma a menta, menta que relaje sus músculos y su mente. Siente que es abstracción cuando bebe. Quizás así, también en pleno invierno, tinte profundo el de la oscuridad, se calman sus sentidos. Sus pensamientos, también. La rebeca apenas cubre su piel del frío del anochecer pacense, sexto piso de uno de esos barrios desde los que se ve el Guadiana bajo los puentes, ahí, a lo lejos. Cientos de bombillas iluminadas que se extienden ante la atenta mirada de la muchacha, algo cansada, algo ilusa. Siempre son ambas, nunca se manifiestan por separado.
Un gato maúlla en la calle. Se escucha mimetizado entre el mordisco de los vehículos sobre el asfalto, en una especie curiosa de estéreo. Al fondo, los ecos distorsionados de un "Vie en Rose" de Louis Armstrong, meciéndose con dulzura al compás del jazz; un vinilo, la luz ténue, y dos sombras acariciándose tras las cortinas de un apartamento. Se acerca el cigarro a los labios y aspira. Deja que el humo rasque su garganta, aguantando la tos. Mamá tenía gracia cuando lo hacía, ella y sus suaves insinuaciones al más puro estilo Monroe. Se le volvían de terciopelo los latidos cuando emulaba algún mito imposible, y su madre lo era. La recordaba sobre aquel mismo sillón, con las piernas cruzadas y su risa cantarina, carcajeando en medio de aquella comida, en medio de todos los hombres, en medio de trajes, corbatas y mocasines italianos. En medio de todas las miradas, girando su cabeza con desdén y coquetería, así, y se pasaba los dedos por el pelo, y luego la barbilla, y entonces, el cuello. La manicura francesa y las pestañas rizadas, apenas maquillaje. Se bastaba ella sola, exuberante.
Nunca fue madre. Nunca la cuidó como fue debido. No es madre quien trasnocha entre champán y destellos de Swarovski, pero al menos fue un intento. Las familias desestructuradas tampoco eran su fuerte, quizás el problema de todo aquello fueron los años a todo tren de su infancia y juventud, al alcance de todo aquello que deseaba. El lujo de los caprichos, la educación exquisita, los vestidos de Chanel y las vacaciones en la residencia de verano. El abuelo la mantuvo hasta que terminó, finalmente y tras varios años, la carrera de Artes Interpretativas, y con ayuda de varios contactos consiguió participar en algunas obras en el Teatro Principal. Pero las aspiraciones de aquella muchacha carismática rompían las barreras del drama. Quería vivir del celuloide, y ser el recuerdo eterno en una cinta. "Nadie me olvidaría, podría morir y aún seguiría viva". Qué decir, la niña de papá, la niña bonita y de sus ojos. No costó demasiado que su belleza y proporciones ayudaran a que un director se fijara en ella. Papeles banales, sin trascendencia. Eso, al fin y al cabo, significaba lo de menos. Ella tan sólo quería lucirse, mostrarse ante el mundo, ser admirada, observada. Deseada. Quería ser el centro de atención de miles de ojos en toda América y Europa, conducir coches caros y codearse con la élite interpretativa de Hollywood. Éxito, brillaba en sus pupilas. Y éxito brillaba también en su nómina. Pronto el carmín de sus labios pasó a ser el más deseado de todos los hombres, llovían las propuestas y ofertas de papeles en la mesa de su representante. "Eres una estrella", le susurraba Marcus entre gemidos y sábanas. Era la secuela perfecta de su vida, la adecuada a aquellos años anteriores que también hubieron sido felices.
El aire comienza a refrescar, y mece con suavidad el toldo blanquigualda de la terraza. Las primeras chispas de estrellas empiezan a cubrir el cielo. Anoutz sigue reflexionando. No puede evitar mirar de reojo el teléfono, y vuelve a dar otra calada. Inspira. Exhala. Se rasca el brazo derecho y hace un amago de abrigarse con ligereza.  Qué desesperante. No sabe si entiende lo que ocurre y prefiere hacer de tripas corazón y obviarlo, o que sigue encadenada a esa feliz soledad a la que estaba acostumbrada. Se le hace difícil. Sabe que ha perdido peso, incluso, estas últimas dos semanas. Abre los ojos y lo primero que piensa, el primer pensamiento, es escapar. Huir. Cortar con la rutina, de algún modo. Sí. Cortar. Coger unas tijeras y acabar primero con unos vínculos y luego con otros. Fuera las cuerdas, adiós a las ataduras.
Se siente sola en ocasiones, y presa en todas las demás. Se oculta en figuras de humo rubias y con filtro para paliar un poco más el dolor. Y se pregunta siempre si no será que nunca quiso elegir, y no que fuera mala la elección. Es duro, divaga. ¿Cuánto? ¿Y si...? Pero cuando amenazan los "y si", vuelven los temores de alcanzar, efectivamente, el punto de no retorno. Y quién quiere llegar hasta el final, a la meta, si puedes alargar un poco más el camino. Estúpida, supones. Más estúpidas que cobarde, quizás no te equivocas al sopesar las dos opciones. Qué mal enseñada estás, inocente y dulce, inocente y asustadiza. Inocente y aún así fría, escarcha de Abril sobre las cosechas. El hielo que quema las manos en el más profundo invierno.
Manos frías, corazón caliente. Pero no hay corazón que valga, y si vale, no queda nada. Tan sólo queda roca, roca muerta, roca yerma. Cristal, diamante.
Se pasa la mano por la nuca y cierra los ojos durante unos instantes, buscando en esas caricias propias un poco de consuelo a su cansancio. No duerme. Ya dormía poco antes, pero ahora ni descansa. La consumen los libros, las tardes las pasa de estantería a estantería y de mostrador a ordenador. Las bibliotecarias conocen de sobra sus mirada vacía, carente de sentimentalismo.
Sonríe en las cafeterías. Allí fuera el ambiente es distinto. Noviembre aún es joven y el frío todavía no llega a los riñones, por fortuna. Las mejillas están sonrojadas y pasea junto a un par de chavales, entre bromas y comentarios absurdos. Se sientan sobre un banco y sacan un par de libros, "La Metamorfosis" y un ejemplar de cuentos de Juan Rulfo. Se muestra natural, mueve la boca con gracilidad y hasta las muecas resultan dulces en cada uno de sus gestos.
Un pitido breve. Anoutz se lleva la mano a uno de los bolsillos, y saca el móvil. El corazón le da un vuelco, y vuelve a introducirlo, pero en este caso en el bolso.
— Quién es?—pregunta el muchacho. Ella permanece ausente.
—Nadie—dice, mientras sonríe—. Oye, ¿querrías que hiciéramos algo esta noche? Hacía tanto que no hablábamos que... O lo que quieras.
—Como veas, ¿qué te apetece?
—Cualquier cosa.
—Bueno, pensemos algo.
—Sí, sí, si da igual, vayámonos a algún bar por casa de Bruno. Sí, por allí.
—¿Y estas ganas repentinas?
—Me apetece evadirme un poco. Estoy muy ocupada últimamente con la tesis y me agobio un tanto, ya me entiendes.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Cómo estás de todo?
—Normal, bien. No sé, como siempre.
—Sabes que me preocupo por ti.
—Lo sé.
—Sonríe un poco más, que te veo muy triste. Y no quiero verte triste. Ya lo sabes.
—Sí—dice, abrazándolo. Ojalá pudiera contarle todo lo que siente, y todo lo que le ocurre. La angustia que oprime su pecho. Agacha la cabeza y se distancia con lentitud, respirando con profundidad. Calma, pequeña. Calma.
Calma.
Mira el reloj. Las doce menos veinte. Queda nada para la medianoche. Lleva tres cuartos de hora y todavía no ha llamado. De nuevo ese cansancio subiéndole por la espina dorsal, y de nuevo el dolor. Cuánto más se extenderá. No lo sabe. Sí lo sabe. Sentencia. Otro día más que tachar del calendario, otro día más que se ausenta de verlo. Hoy han colgado con apenas un adiós, en seco. Se moja los labios. Cuánto más. Como si pudiera leerle la mente, conoce cada uno de sus posibles pensamientos, y cómo no, que está llegando hasta su límite. "Y todavía es pronto" piensa con sorna. Todavía.
¿Qué ocurre con lo que está inevitablemente destinado al fracaso? Las personas nacen para amarse, ¿por qué lo evita? ¿Qué la hace huir? Un sabor salado sobre su lengua y pestañas.
Vuelve a mirar al cielo. No encuentra la Luna. "Putas paradojas: infusión, reflexión, y me falta la Luna. Puta noche incompleta".
Y es el cielo doblemente incompleto cuando ni siquiera hay nubes de las que quejarse.

11.08.2012

42

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Escribo porque me gusta escribir. Si no me pareciera exagerado diría que escribo para gustarme a mí misma. Si de rebote lo que escribo gusta a los demás, mejor. Quizás es más profundo. Quizás escribo para afirmarme. Para sentir que soy ... Y acabo. He hablado de mí y de cosas esenciales en mi vida, con una cierta falta de medida. Y la desmesura siempre me ha dado mucho miedo. 
 Mercè Rodoreda, Prólogo Mirall Trencat

11.04.2012

41

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Quizá había otros caminos y el que tomaron no era el único y no era el mejor, o quizá había otros caminos y el que tomaron era el mejor, pero quizá había otros caminos dulces de caminar y no los tomaron, o los tomaron a medias...

40

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Hace tiempo que te conozco, aunque eso depende de lo que quieras llamar tiempo. Yo lo voy a considerar así: bastantes días, bastantes semanas, bastantes meses. Bastantes, pero no suficientes. Cuando algo se dice que es suficiente es porque no se necesita más, que está en su justa medida. Yo no creo que no necesite más. Al contrario, si me dieran a elegir o de mí dependiera, no me cansaría nunca, ni querría que existiera un "hasta aquí", un punto y a parte, un punto y final. Hay cientos (quizás muchas menos) de formas de interpretar esta frase, y estoy segura que te habrás planteado al menos cuatro de ellas. No sé por qué digo cuatro, en realidad sólo me han venido a la cabeza un par, pero lo que se suele decir, echemos otras cuantas opciones más para rellenar. A pesar de que ni si quiera, y eso casi con seguridad, te hayas parado a pensar en ninguna. Cosas de intentar leer lo más rápido posible.
En fin. Pues a pesar de todo este tiempo o cantidad indefinidade momentos que se han ido sucediendo a lo largo de los meses, todavía tengo la sensación de que parece que no se van a acabar. O por lo menos, de momento, lo que en cierta manera, me reconforta. ¿Por qué? No sé. Son muchas razones juntas, o quizás sólo una, o unas pocas. Pero están todas entrelazadas, y vuelven siempre al inicio de todo. Al inicio. Todo empezó a principios de Noviembre. 1, 2, 3. A la tercera, va la vencida. Siempre me ha gustado rodar por barrancos, y consideremos que ese "siempre" se materializó un 17 de Julio de hace un año. Consideremos también que no rodé y, dicho sea ya de paso, que sólo estaba él presenciándolo. La suma sólo puede dar como resultado un "momento ridículo que resaltar el resto de mi vida".Genial. Aunque si fuera por recordar, también me acordaré siempre de la camiseta negra de The Who que llevaba aquella noche. Y de un par de frasecillas que prefiero obviar por su alta concentración de gilipollismo en ellas. Fué una buena noche, sí señor. Parece que hace siglos desde que pasó, y fíjate, quizás... quizás no ha pasado tanto.

En realidad sí. Como decía antes, 1, 2, 3, a la tercera va la vencida. Hacía escasos tres días que había sido Hallowe'en, o que lo había celebrado en compañía de varios amiguetes del colegio. Igual de excitante que los años anteriores. ¿Resaca? Cero. ¿Diversión? Nula. ¿Frustración? De eso sí que sobraba, y no poco. Terriblemente repetitivo, conformarse con la misma... (intento de cambio de) rutina de costumbre. Pero qué se le iba a hacer. Nada. Pues en nada se quedó.
Era miércoles. Todavía se podía llevar manga corta, aunque yo ya hacía uso de un perfecto jersey gris de mi padre y mis vaqueros Levis azules que me habían regalado hacía escasas semanas. No recuerdo si estábamos de exámenes, tendría que consultarlo en la agenda, pero juraría que habíamos acabado con ellos la semana anterior, con lo cual, estaba descansada, relajada, aburrida y muerta de asco en mi casa. No es que fueran los mejores días de mi vida (ni en broma), tampoco los peores, pero no destacaría nada especial de ellos. La misma mierda que de normal. En el recreo había hablado con María sobre pastillas, dietilamida del ácido lisérgico y cerebros cósmicos anfetamínicos, y Galleta me había repetido por quincuagésima vez lo mucho que me apreciaba, y que no me preocupara por no encontrar ningún maldito capullo que se interesara mínimamente en mí.
- ¿Sabes? Algún día encontrarás a alguien, y no tiene porqué ser nadie en especial, eso ahora es lo de menos. Normalmente, y lo que tienes que hacer, es no pensar en ello. Simplemente, no plantearlo, las cosas tienen que seguir su curso, y que todo salga como salga. A veces tarda más y a veces menos, pero que sepas que cuando llegue esa día, aunque simplemente ni te hayas fijado en él, o sólo sea alguien más sin importancia, alguien que pasa por la calle, un amigo de un amigo... quien sea. Esa persona te lo cambiará todo, y eso que tú no eres la que más aprecio tiene a estos temas, pero en serio. Es diferente, distinto. Te sientes... es inexplicable. Se trata de no buscar las cosas, de dejar que sucedan por sí mismas. 
- Espontáneo, casual, natural, sin planear. - ¡Exacto! De sentir cosquillas en el estómago pensando con qué te sorprenderá hoy, o con qué te levantarás mañana. Dejar la mente en blanco y que el destino se encargue de pensar por tí.
Qué fácil que es verlo desde fuera, es lo que se me pasaba por la cabeza cuando escuchaba sus palabras. Qué fácil es verlo cuando no estás agotada de no encontrar a nadie, de que te hayan quitado las esperanzas, de que el espacio que tenías antes vacío se hubiera llenado de orgullo y no cupiera nada más ahí. No sé. Todo mezclado, el resentimiento, el ego, el sarcasmo, la inaccesibilidad, hacían imposible todo. En lugar de conseguir ser feliz, estaba sumida en un perfecto mundo sin complicaciones, donde no había más rutina que la mía, el día a día, sin más. Hojas de calendario arrancadas y por arrancar. Aún así, no habría cambiado nada de mi mundo por aquellos días. En realidad, fue el cambio el que llegó sin avisar.
No había deberes. Mejor dicho, no pensaba hacerlos. Sentada frente al ordenador, conversando con un nuevo amigo con el que compartía un par de secretos y piso en el colegio, única diversión. Salta una ventanita del chat. Una ventanita azul. Sorpresa. Recuerdas vagamente el nombre, sí, sí, tiene razón, lo agregué a los pocos días de conocerlo. ¡Eh, cuánto tiempo! Ya le dije a Majo que me cayó realmente bien... y otras cosillas más. Veamos qué se cuenta.
- ¡Hola!
- ¡Ey! ¡Hola, cuánto tiempo! Madre mía, ¿qué tal te va todo? (Oh mierda, maldita efusividad descontrolada)
- Muy bien.¿Vas a ir al concierto de Roger Waters?
- Quiero ir, pero no sé si al final me dejarán, seguramente me acompañaría una amiga.
- Ah, lo decía porque ya están a la venta las entradas.
- Ah, ¿sí?
- Sí.
- Ah, pues gracias. ¿Qué tal el verano y eso? Hace mucho que no te veo.
- Sí, bastante bien, la verdad, desde que te pusiste tan pedo esa noche.
- Gracias, me lo recordarán de por vida.
- Fué épico.
En fin, hacía mucho que no hablaba con alguien de allí de Bejís, estaba contenta de que encima hubiera sido él. Fue tan simpático cuando estuve allí, me reí más... desde luego, quizás fuera el que mejor me cayó de todos los chicos cuando pasé por allí en verano. Bueno, aunque Juli también se había portado magníficamente. Y Álvaro. Bueno, déjemos a Álvaro en paz. Qué conversación más normal. Mamá me llama para cenar. "¡Apaga ya!" Sí, mamá, voy. Terminaré rápido
- Sí que lo fue, sí. En fin, seguiría hablando contigo más rato pero me tengo que ir a cenar, otro día más.
- Jo, esto va a ser como Pink Floyd sin Syd...
Plof. A un botón de cerrar.Pink Floyd sin Syd. ¿¡Cómo!? ¿Estoy leyendo bien? Increíble. Increíble, no puede ser. No, no, no, no puede ser cierto. ¿Acaba de...? Sí, lo ha hecho, acaba de decirlo.
Y ahí empezó todo. Qué simple, ¿no? Es increíble lo que puede dar o lo que puede cambiar apenas diez palabras sin más, que no tienen ningún trasfondo. No son un "me gustas", un "te odio", "te quiero ver", "eres lo mejor de mi vida", "para siempre", "hasta nunca" o cualquiera de esas cosas que se suponen que te ablandan el corazoncito. En realidad, no, no son nada. Eran... unas míseras palabras que no movieron lo más mínimo mis sentimientos. En absoluto. Y sin embargo, hicieron que me fijara en él. Lo vi como una oportunidad de hablar con alguien nuevo. Y ahí estaba.
Los siguientes días hablamos hasta caernos de sueño. Todas las tardes, todas las noches. Parecía que cualquier cosa era tema de conversación. Música, metafísica, sarcasmo, Dios, biología, comunismo, leer mentes, más música, genios, felicidad, ignorancia, Bill Gates, drogas, Syd Barrett, Beatles, Paul McCartney, Eric Clapton, guitarras, amigos que se equivocan de colegio y amigas locas y obsesionadas con Bob Dylan. Cualquier excusa era suficiente para hablar con él. De repente, un mero contacto más del Tuenti había pasado a ser el motivo por el que sonreía todos los días nada más llegar a clase, pensando en lo divertida que había sido la discusión del día anterior sobre la cara de bollo pocho de Sir James o lo perfecta que sonaba Free Bird o Hallelujah. Sabes, discutía casi a diario con mis padres por la reciente obsesión que había adquirido de acostarme a altas horas de la noche e incluso de la madrugada. De igual manera que no se explicaban que pudiera estar tan exultante, tan abierta, feliz, cariñosa... Llegaba el frío, pero podría sucederse una era glacial, porque no ocupaba el más mínimo segundo en mi mente. Helter Skelter, Little Wing, agnosticismo, dudas metafísicas, tengo apuntado por la agenda. 22 de Noviembre, chachi pistachi Juan Pelotilla. Hiciste de una mierda de día, de un recuerdo agrio y desechable, un buen rato. Lo mejor es que no hacía falta más. Llegó un momento que lo que más deseaba en cuanto las manecillas del reloj marcaban las 17:00, era salir de clase y desconectar de todos, para poder seguir hablando contigo. Curioso, ¿no es cierto? Muy, muy curioso.
Lo que más me temía. Finales de Noviembre, José Capuz, mediodía.
- En serio Rafa, es que es tan distinto, ¡sabe tocar la guitarra! ¡Tiene un grupo! ¡Y le gustan los grupos de los 70! 
- Sabes que al final...
- No.
- Lo sabes.
- No, no, ¿recuerdas? Soy una roca. Las rocas no sienten. No pienso pasar por eso.
- Acabará pasando. Tiempo al tiempo.
- Esos son refranes de abuela.
- Tú ya verás, ya verás, dos semanas. En dos semanas no dirás lo mismo.
- Qué te apuestas.
- Diez euros.
- Como quieras.
- ¿En serio, estás tan segura?
- Sí, apostémoslos.
Y tiempo al tiempo. Me cuesta poder saberlo todo con exactitud. Hace mucho de eso, ya. De hecho, sólo sé dos cosas.
Que el 1 de Diciembre me llamaste escéptica y que perdí la puta apuesta.



                                                                      _____________


Es un dolor dulce recordar que ciertas personas te hicieron sonreír.
melt. 23 de Julio del 2011.

10.28.2012

39

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Y ahora es, definitivamente, adiós. Hay quien viene y hay quien va.
Intenté darte las señales, en la medida de lo que pude y cuanto quise. Pero las ignoraste. Y ahora, no busques, no encontrarás más que cosquillas. Las inocentes cosquillas de los remordimientos bajo tu piel, por inútil. O quizás... quizás no es de inútil. Quizás es algo tan simple como que la única que sintió algo, después de todo, fui yo.
Adiós.

10.22.2012

38

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Ha vuelto a sonar el teléfono mientras estaba en la cocina, el eco distorsionado de las cuerdas vocales de Jagger que se esfuerza por traspasar los tabiques, no alcanzo a oírlos. Vuelta y vuelta de sandwich de queso en una sartén, aroma a melocotón, a té verde, a kiwi y a tu camisa. Bailas y reinas como si Elvis y sus caderas, no compares, a tanto no llegas. Pero las risas ya rebotan sobre los azulejos y una vocecilla dulce y sedante tararea "Here Comes the Sun" en el 95.9 FM, y qué ironía, hasta hace dos días aquella ventana se cubría con una cortina de lluvia.
Sexto sentido y doble rasero el de tus llamadas perdidas. Si te he visto este mediodía, no sé qué buscas sino enredarme en tus insinuaciones baratas. Se me encoge el corazón. Recuerdos. De ti bebo a través de los recuerdos. Y es triste, qué te voy a contar, si vives en mi memoria lo poco que duren ellos, hasta que se esfumen entre fechas y momentos superpuestos, como las sillas con ropa. Ahí va una prenda, y tan pronto como llega esa una ya están en mente otras cinco más, pero para cuando pretendes salir de fiesta has olvidado por completo la blusa de encaje que dejaste tras venir del café teatro. El paquete de cigarrillos, cuánto más intacto, cuánto más llorado. El Malboro de tus labios de contrabando.
No era la rue du Cherche Midi ni el Pont des Arts, pero si me preguntaran dónde y con más ansias querría verte, sería en la Avenida, allí, el mordisco del asfalto sobre los álamos, y mis mordiscos sobre tu hombro. Te tengo de noche, de madrugada, de tardes y mañanas, abrazar tu espalda sin miedo a... Sin miedo. No sabes ni de Warhol, ni de Mondrian, ni de ríos metafísicos ni Fred Astaire sobre el escenario. Pero es que me ha tocado el papel de ser Oliveira, de verte nadar en esos ríos que anhelo, de verte como la Maga y añorarte por esa libertad que no alcanzo. Estoy limitada, lo reconozco. Sólo soy nihilista hasta que sales por el portón verde de la esquina con Bérite. Sólo entonces se me olvida, por evitar atropellos de ciclistas nada bohemios, e invitarme en la cafetería. No te confundas, dices, no es caballerosidad. Pero yo sonrío a mis adentros, porque ciertos versos cobran vida en esas palabras sin intenciones.
—"Said she wasn't going but she went still, likes her gentlemen to not be gentle..."
—¿Qué dices?
—Déjalo.
Sobre los bancos, tú me cuentas. Ahora me da por pensar que quizás estaba todo ésto un tanto determinado, no sé, la escena de la piscina sabe tanto a premonición. Pero hubiera deseado, quizás, sólo divago, un poco más de ternura. Y es pedir demasiado, de algún modo, yo tampoco me lanzo, ni me disparo. Este gatillo está en desuso de esperar a no se qué, y el no se cuántos. Gatillos desaccionados por dudas e indiferencia, los te quieros atragantados que me envenenan con su plomo. Y tú.
Tú feliz, creo que lo eres. Quizás hasta te tendré cerca, al llegar el verano. Allí tomaré de excusa el alcohol para dejarme caer sobre tus sábanas o tus brazos, a mi no me importa. Quién busca un amor pasajero, un amor pasaporte. Si tú lo buscas, ven y dímelo, ven y dime. Ven y dime. No quiero esperar a que Junio se haga con mi nervios para poder besarte.
Pero ni el frío ni los días, ni el frío ni el invierno. Ni el frío que no llega, ni el invierno que me espera, en ese Diciembre con garras de hielo, con la oscuridad de la que me sacaste hace no quiero saber el tiempo, serán condescendientes con tu recuerdo. Que acecho y despecho encuentran su eufemismo en "Se va a ir con otro". 

10.19.2012

37

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Octubre escondiéndose en versos de bocas desconocidas y situaciones distintas. Remover la cucharilla en el cortado, buscando encontrar alguna trascendencia vital en ese gira y gira, en esas ondas espumosas y amargas, como si fueran a hablarme. Qué estupidez. Una estupidez enorme, y tópica, para más inri. Si quedaran lluvias y lágrimas que vinieran, y nunca llegan, pero no las espero. Estén donde estén, seguro que a buen recaudo. No las echo de menos.
Trazos de líneas indivisibles y discontinuas, el gran plano de una pared de ladrillo rojo al más puro estilo Brooklyn. Se respiraba en el ambiente la humedad de lo que se advertía una tormenta eléctrica, el vello de la nuca se erizaba de puro morbo. Los locales aún aguantaban abiertos, entrar, salir, ríos de gente discurriendo de un lugar a otro, como pequeñas hormigas ambulantes, sin clara disposición a hacer ninguna tarea en concreto. Tan sólo entrar, salir. Salir y entrar. Caminar. La noche se cernía también sobre nuestros hombros, acechando tímidamente como quien no se preocupa por llegar pronto, sino tan solo por llegar.
Quizás, y digo quizás por ello, me gustaba tanto el abrazo de lo nocturno. A veces tarda más, a veces tarda menos, pero llegar es inevitable, como lo es desaparecer en ese fundido cían de la mañana. Hay algo diferente en las cenefas incandescentes del skyline de Nueva York que son la envidia de cualquier reserva natural del mundo, y quien lo niegue, me estará negando lo indiscutible. La ciudad guarda entre sus calles y aromas un encanto inconfundible a miscelánea social y cultural. Es un micromundo, un microorganismo de etnias y corrientes funcionando en una especie de orden complejo, lejos de los onvencionalismos. Tan sólo de Nueva York se podrían sacar tantos estudios antropológicos y sociológicos, tantas opiniones y conclusiones diferentes, tantas modas, tantos gustos, tantas formas de ver las cosas. Es el espacio de convergencia de las naciones, no queda país que allí no esté representado. El clímax de la inspiración después de París, que no lo pongo en duda. El fin, el lugar deseado, la ciudad mayúscula. Si algún sueño tuviera que apodarlo con algún nombre, no dudéis que sería ""Manhattan".
No dudéis que mi Manhattan es, de algún modo, Manhattan en sí.
Para marcar más los tópicos, y el inri.

10.07.2012

36

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Retroalimentación regresiva. Siempre me sentí más cómoda cuando le doy nombres técnicos a los sentimientos. Tecnicismo, objetividad. Duele menos si te sabe a diccionario-enciclopédico de consulta. Así llamo yo a vivir de un recuerdo. O varios. O no lo sé. No, no lo sé.
Me duele. En este mismo instante, me está matando. ¿Qué apuñalas, dama escondida? ¿Qué indagas? Nos conocemos ambas, de hace tiempo. De hace tiempo que también conocíamos que es lo correcto, lo incorrecto y lo odiosamente inevitable. Te duele porque estás mintiendo, y no a ti misma, no es esa mentira la que te desgarra la conciencia. Indecisión, el sufrimiento de otra persona que aún no comprende la magnitud del problema, o sencillamente este último. Desidia. Dolor. Por Dios, lo juro, no sabes lo que duele si el dolor es ajeno. Suplico en silencio que por favor, que me perdones. No quiero tener en mis manos la mínima opción de hacerte sufrir.
¿Qué has visto? No te entiendo. No sé qué has podido ver, si soy materia oscura. Ojalá pudiera explicarte. Ojalá pudiera contarte... qué ocurre. Pero no lo tengo claro. Me hundo si lo pienso, y lo pienso si preguntas cómo me ha ido el día, porque por desgracia, siempre está en mente. Soy muda. Soy mimo. Soy la pesadilla de quien desea gritar y se ahoga. Soy indecisión, soy impredecible y caprichosa. Vivo de la memoria sabiendo que me destruye.
Soy tu frustración vestida de sonrisas.
Aléjate, por favor. 
Aléjate.

10.06.2012

35

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Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que salías de un café de la rue du Cherche-Midi y que nos hablamos. Esa tarde todo anduvo mal, porque mis costumbres argentinas me prohibían cruzar continuamente de una vereda a otra para mirar las cosas más insignificantes en las vitrinas apenas iluminadas de unas calles que ya no recuerdo. Entonces te seguía de mala gana, encontrándote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos metíamos en un café del Boul Mich y de golpe, entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida.

                        Rayuela, Julio Cortázar.
Siempre recordaré esas dos  primeras frases. Siempre.

10.02.2012

34

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Y el miedo se empaña ahora en otros ojos, y es el reflejo a través de esa diferencia lo que sentencia que las semanas no sean semanas, hasta que hojeo el calendario. Sigo todavía enterrada en ese Septiembre prematuro, en las dulces noches que tus palabras acariciaban muecas y sonrisas. Si bien chispas, si bien distancias, si bien no significaba en absoluto, porque todo se hizo material, presente, factible, posible, sensible e irracional cuando te vi en la esquina de la avenida, buscándome con la mirada por donde ya sabías  que aparecería. Pero me adelanté, a tus pasos, porque siempre me adelantaba, hasta que caí, simplemente. Caí en todo lo que te había echado de menos, y en que la distancia, aunque fuera menos, ahora sería mucho más dura que todas las carreteras y aeropuertos de Europa. Porque por tan sólo unas calles, soñaría con abrir la puerta y reírme en tu pupitre. De renegar de tus meriendas y de tu madre, bajar escaleras y carreras hasta las marquesinas. De no saber bien hasta qué hora, pero tener más claro que nunca que, bien la necesidad no hace al hábito, pero sí en ocasiones el hábito a la necesidad.
Sencillamente, comencé a necesitarte. La oportunidad de principio, principio del fin, y de superposición. De dudas e inquietudes todavía no resueltas, ¿es que acaso espero a que seas tú quien vuelvas? No sé si es que te has ido, si nunca estuviste y melancolía e imaginación dieron su golpe maestro. 
Y menuda mierda ésto de seguir sin aclararme, si esperar tus pasos o adelantarme con los míos. De recordar, de acordarme, de pensar si algún día fuiste mío aunque tan sólo de conciencia. A ciencia cierta, yo lo soy, además de ilusa. Quizás fueron más tus ganas de matarme con inocencia desgarradora, que las mías por centrarme en personas que no son nada.

9.24.2012

33

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                             Ojalá supieras.
                                  Ojalá entendieras.
                                        Ojalá vinieras y, tan solo,
                                     simplemente,
                                               confesases que tú también esperas.
                               

                                       Ojalá.







9.11.2012

32

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I feel safe. I mean, I feel safe into this insecurity which is rounding my head, all the time.
It's cold outside, the fall came sooner. In fact, this morning I had to take my clothes off and put on that... that warm sweater you gave me that Christmas, at Geordie's home. I think you'll remember, it was only a few months ago. Well, you never had a great mind, neither a great memory. But who knows, maybe you surprise me with another of your unexpected details, and I already have to shut up. I say, who knows.
Walls are painted now in shiny, plain white. Yesterday Cameron came for helping us to paint house and move some furniture around, you know, I still remember last time we met I told you we would move to North Hempstead. I think anywhere would have been as good as there to move on. The only condition was being away, as far as I could of you. And not to remember.
We were a pair of crazy lovers, despite everything. We used to cry until the night was out, and then kissing each other, looking for the love somebody stole us. You liked to call me at dawn, or texting me messages you know I would answer in the following minutes, maybe seconds. It was different, I know. Different of what else I had ever felt, I had ever done. I didn't care about what I would have to expect of you, or me. I never called us "we", which sounded strange and overwhelming.
The clock is ticking, chances come and go. It was my choice. To leave you, to forget you, to forgive you. Forgiving you for all these nights you made me feel like the only one, in spite of the fact I never was.
Now I realize, you know.
Better late than never.

Love,
             Nora.

31

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Siempre juego en partidas en las que está escrito, desde el principio, quién gana y quién pierde. Y puedo asegurar que todavía no me he llevado ninguna medalla, en todo este tiempo.
Por una vez, no me importaría ganarla. Me morderé uñas, manos y lengua si hace falta.
Pero por Dios. Ven, joder. Ven.

9.10.2012

30

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No sé si dar explicaciones está demás, si por saber no sé ni lo que piensas. Las dudas me ahogan, a veces incluso me incendian. Explicaciones, intenciones inacabadas y no contrastadas con la supuesta realidad a la que nos enfrentamos. Y no tengo claro si utilizar el nos. Confusión. Escúchame, escucha. Ahora no tengo claro si soy yo o si es otra, y si lo soy es un problema pero si no, una decepción.Yo me digo, "tranquila, si no ha acabado bien es que todavía no es el final", pero me suena a desecho barato, residuo. Del repetitivo, de volver al principio de una historia que no sé si quiera cuándo empezó. ¿Acaso ha empezado? Y así me surgen, sumergen, inmersión profunda, todas mis inquietudes y preguntas.
Sinceramente, lo único que necesito es verte. Dudo que creas que me gusta enfrentarme al miedo del que tanto te he hablado otras veces. No me gusta, lo juro. No me gusta la angustia de dar dos pasos y notar que aún no lo tienes claro, no saber qué siento. Y todo, todo por culpa de unos nervios estúpidos que... Que si no eres capaz de comprender... No sé cómo puede salir. 
No sé si ésto saldrá.

9.08.2012

29

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No, no digas nada. Yo hablaré. ¿Me has echado de menos? Porque yo a ti mucho. Eres un verdadero tirano, ¿sabes? Me cuesta estar enfadada contigo, pero ésta te la guardo. No te hagas ilusiones. Me gustaría hablar pasando del juego... por una vez. ¿Te gusta mi vestido? Se lo he birlado a mi hermana. Tenía éste o otro rojo tipo bomba nuclear o algo así... Debí ponerme ese... lo sé. He debido pasarme más o menos tres horas frente al espejo. ¡Pero ha merecido la pena, estoy guapa! Y espero gustarte. Si no, te meto un tortazo. ¡Espera! Shhhh... Por donde iba... El problema es que si me dijeras "me encantas" no podría creérmelo. Julian, ya no se cuando es un juego y cuando es verdad. Estoy perdida. ¡Espera,espera! No he terminado. Dime que me quieres. Dímelo porque yo jamás me atreveré a decírtelo primero. Me daría miedo que pensaras que es un juego. Sálvame, te lo suplico.
Sophie, Jeux d'enfants
/Tenía que escribirlo/

9.07.2012

28

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La casualidad hace referencia a la combinación de circunstancias que resulta imposible de anticipar y evitar. Aquello que ocurre por casualidad es imprevisto y, por lo tanto, no puede sortearse. Muchas personas sostienen que, en un sentido estricto, la casualidad no existe; que aunque no exista voluntad ni intención por parte del individuo, sí que hay una coincidencia espacio-temporal que explicaría racionalmente el suceso.
Las casualidades, o lo que vengan a ser, racional o irracionalmente, definen la gran mayoría de situaciones que nos suceden día tras días. Como tantas otras cosas, suelen pasar desapercibidas, porque no son importantes: "Aquella chica de alli tiene la misma camiseta que yo". Por ejemplo. O que pongan en la radio precisamente esa canción a la que llevas dándole vueltas durante más de una semana. También. Nimiedades, en resumen. Y eso es lo que las hace diferentes.
Digamos, entonces, que las casualidades son todos aquellos detalles insignificantes que no podemos prever. La casualidad de coincidir por un pasillo al subir del recreo, o de compartir el estrecho camino hasta la parada de bus a la que acudes para ir de vuelta a casa. Pasear sin rumbo fijo y acabar casi a quince metros de ella, y encontrarte allí también. Recibir una llamada tuya en mitad de la madrugada, justo antes de cerrar los ojos, pensando que no, que no llamarías. Que qué tontería, que estarías de fiesta. Que si nos ponemos en la pizarra y corregimos los ejercicios exactos, o que quieres montarte un grupo de rock.
Que me parece que estoy haciendo el idiota contándote todo ésto y no sé por qué me tengo que dar cuenta ahora, después de ya unos cuantos, bastantes meses, y es absurdo y lo sé y no sé. No sé qué hago aquí. No sé por qué dudo pero quiero que sepas que en fin... Que yo pensaba que podría con todo ésto y contigo. Pero al final, me he enamorado. Supongo. Y no sé qué piensas, qué se te pasa por la cabeza, si son o no indirectas, si vienes, si vas, si me dejas. Si yo qué sé. Si es otra, por ejemplo. Y si es casualidad, o pude haberlo evitado.
Y creo que no.

9.06.2012

27

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Lo conocí el primer día y no me transmitió ninguna sensación. Apenas una indiferencia sutil por su presencia, tan sólo. No tenía pinta de nada. Quizás eran los aires de grandeza, o una suave prepotencia de quien cree tratarse del dueño de aquel apartamento, puesto que efectivamente, era donde se alojaba. Se pavoneaba sin camiseta y con un cigarro en la mano, a pesar de que estuviera prohibido y de que en más de una ocasión le hubiera costado la reprimenda de los encargados, al saltar las alarmas de humo e incendio. Indiferencia la suya hacia lo que le dijeran, quien fuera, y un timbre de voz corriente y natural, agradable, desde mi punto de vista. Luego nos vemos, te esperamos fuera, que vaya conociendo al resto. Pedazos de melón que se agencian de frigoríficos ajenos. Un chaval normal de los que nacen bajo el cobijo de una cuenta con muchos ceros, y no de los que van a la izquierda.
Salto en el tiempo. Me ahorro miles de detalles sin trascendencia alguna en la historia, aunque puede que sean esos detalles los que me atrajeran, de forma inconsciente y desde el principio, hacia él. Ésta no es una historia de amor. Es una historia de chica conoce a chico, o chico conoce a chica. Y lo que pasa, como siempre pasa, es la vida. O así lo decían en una película.
Puede que habláramos. Puede que me pillara con toalla y descalza al salir de la ducha, con el pelo chorreante y las mejillas encendidas. Recuerdo aquel instante, de cuando salió de la habitación de enfrente justo cuando me disponía a abrir mi cuarto, probando con distintas llaves. Se trataba del principio consciente, si tuviéramos que fijarlo en algún punto en la línea del tiempo. Misma escuela, pero las coincidencias y diálogos nunca daban más fruto que efímeras conversaciones cargadas de timidez y cortesía, como si la cosa no terminara de cuajar. Quién de los dos le daría menos importancia, si para empezar yo todavía tenía la cabeza en mis recuerdos, en mis tonterías. En mis "aún no me lo creo que esté aquí, donde todo pasó, hace un año", y tú... bueno, tú. Tú eras tú, y fardabas a escondidas de palizas en callejones e ideologías extremistas. Lo curioso fue, que entre otras cosas, nunca fueran aquellas historias las que contaras en mi presencia. Porque resulta, y esto es lo que ocurría, que si medíamos nuestras palabras era porque había algo. Tú en ti, y yo en mi. Ambos lo sabíamos pero no querríamos darnos cuenta. Pero todo sale a la luz cuando noche y alcohol se mezclan.
Era jueves y hacía un par de días que ya me fijaba en tu sonrisa. Los estudiantes de la residencia habían descubierto la fantástica existencia de un pub o discoteca en el Centro al que podrían entrar con la ayuda de un tipp-ex y unas manos expertas que cambiaran un 95 por un 93. Siendo mi primera semana de estancia en aquel lugar, preferí no arriesgarme a que me mandaran de vuelta a casa. No, efectivamente, ya no sólo por temor a una reprimenda a la inglesa, sino porque por tener no tenía ni idea de donde se cogía el autobús de vuelta a casa. Decidí, por tanto, quedarme en mi habitación o, al menos, con cualquiera de los extranjeros que vagaban por allí. Te preguntaron, lo recuerdo. Delante de mi, después de responder con mi negativa tras unas cuantas insistencias. Ídem por tu parte, y mentiría si no afirmara que me puse nerviosa de pensar y no pensar, estupideces que se me ocurrían. Intenté alejar aquellos pensamientos. Sí, mejor.
La noche nos confundió con cerveza y confesiones. Yo que te preguntaba en qué creías y tú que sentías curiosidad en mis discusiones familiares. Eso es todo, durante al menos tres largas horas en las que nos quedamos tan sólo en abrazos. Y yo decía, yo pensaba, "qué estúpida eres, que sabes que sientes algo". Y tú, tú no sé qué pensabas. Pero allí estábamos, y contigo me hubiera quedado toda la noche. Y contigo, todos los días. Como ya adelantaba, tonterías. Y éstas se alargaron durante lo que quedaba de tu estancia, lo mismo daba que si estabas con tu cigarro o te cruzabas conmigo en los pasillos. No te miento, que me gustabas. Al final era cierto que me gustabas. Y qué, si a tí a también. Y que, si lo del día siguiente.
Y qué más, si cuando te fuiste aguantaba lágrimas que ya no me quedaban.
Y qué, si sabía que ni volvería a verte, ni volveríamos a hablar. Porque tú volvías a tu vida normal, dejando atrás a la pobre idiota que no sabía que ya querías a otra antes de todo aquello.
Querías, y sigues queriendo.


Pero ya lo decía Cohen,
"Eso es todo, ni siquiera pienso en ti muy a menudo". 

9.03.2012

26

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Estampida de emociones, a borbotones, como la espuma subiendo por el cuello de botella de tu quinto. Nuestros labios se mueven ya con torpeza buscando el diálogo dulce, aunque pícaro, producto de ése alcohol que lleva flotando sobre nuestras venas hace ya al menos una hora. Echas una mirada furtiva hacia tu bolsillo y sacas el móvil, riéndo entre dientes el último chiste malo que leíste en el magazine dominical. Parece que me has leído la mente. Las manecillas apuntan con precisión Longines las doce y treinta y dos minutos de la noche.
El ambiente de aquella noche distaba bastante de mi frenesí interior. Nos mecíamos en unas sillas de madera entre conversaciones a medio volumen y camareros que iban y venían, retirando los botellines vacíos que apurábamos sobre la marcha. Siempre he creído que el poder de reflexión de las burbujas adquiere una especial intensidad si éstas son de una Newcastle, y aquella noche nada me apetecía más que desgarrar los límites de consciencia y subconsciencia y hacerlos vibrar. Qué decir, si sobran las palabras, que durante dos semanas intenté mantenerme lo más lejos posible de la realidad, pero no se puede obviar lo inmediato. Y qué había más inmediato, que el reencuentro. 
Septiembre. Lo que para tantos suponía un nuevo comienzo, para mi tan sólo se quedaba en una mezcla non-grata de fonemas sibilantes, oclusivos y nasales. Septiembre, septiembre. Me recordaba al café, adictivo en aroma pero amargo en boca. Pero no había lugar para el café en aquella taberna semi-iluminada de barrio, ni si quiera en la supuesta carta del menú. Cécile parecía recién salida de un horno, con las mejillas todavía ardientes a causa de la larga exposición al sol, durante el mediodía. No quiso apartarse, decía que la crema superaba el factor 50+. Siempre fue una muchacha terca y de fuertes convicciones, la sonrisa más traviesa del apartamento. Los pómulos y frente prominentes, además de su larga aunque escasa cabellera rubia, la diferenciaban del resto de muchachas. Os aseguro que nadie lucía más orgullosa su cuerpo que ella, haciendo bandera de su delicada anatomía polaca y pestañas postizas. Una farola encendida en la lluvia parisina, sin duda. Parloteaba entre gestos y gin tonics sobre irse a vivir a Estocolmo, decía que las largas estancias en el metro de Londres, junto al mal tiempo que acompañaba de costumbre a la ciudad, la agotaban en exceso.

>> Arctic Monkeys — Fire and the Thud

—Nunca me ha acabado Inglaterra—decía entre sorbos—, la gente es sucia, fría y cuadriculada. Peor que los alemanes, y ya es decir. Ni si quiera mi abuela me habló tan mal de los alemanes — sé que os lo esperabais, siendo polaca — cuando invadieron Varsovia. Aquellos eran despiadados, pero al menos se cambiaban de uniforme después de la faena. Hijos de puta. ¿Ves? Estocolmo, ya te digo. Suecia es uno de los países con más inversiones en el Estado de bienestar, la ayuda social y la investigación —otro sorbo—. Es mi lugar. Pierdo el tiempo aquí, ¡ni si quiera sé que hago bebiendo cerveza! Malos hábitos adquiridos, ¡a mi no me gusta la cerveza!
—Cile, eso es un gin tonic.
—¿Y qué más da? Las inglesas siguen siendo gordas y en los desayunos sólo sirven muffins de chocolate y expresso. No me tires de la lengua, que echas de menos volver a las orillas del Támesis lo mismo que yo. Sé que andabas comiéndote la cabeza con ello, te he visto. Porque volver es inevitable, sí. Y a la vuelta las calles seguirán abarrotadas de turistas durante el mediodía y los Starbucks de ejecutivos; Marie Anne seguirá con sus clases en el Kings, a la vuelta preparará la cena y nos contará cómo está de harta de su marido, que necesita vacaciones, que necesita un jovenzuelo que le alegre el cuerpo; Westminster siempre será Westminster y cantaremos hasta morirnos de frío 'La Barbacoa' en Navidad; y tú le echarás de menos los días de lluvia. No hay más.
—Por desgracia.
Cécile guiñó un ojo, como huella de empatía.
—Nunca es tarde para cambiar.
Adrienne, que había atendido con interés el monólogo de Cécile, inclinó su cuerpo hacia un lateral y cogió su bolso.
—Llámale, anda.
Negué con decisión.
—No.
—¿Por qué?
—Le puede el orgullo.
—¿Y no está pudiendo contigo ahora?
—Es distinto—continuaba negando—. No tengo noticias suyas desde hace días, y ya ves tú, un par de palabras cruzadas en mensajes de texto.
—Te llamó desde el aeropuerto, aún así.
—Ya.
—Os vais a ver mañana, ¿no?
—Todavía no lo sé.
—¿Qué?
—Que no lo sé.
—¿Por qué? No seas estúpida.
—Tengo dudas.
—¿Otra vez aquel muchacho de...?
—Sí...., bueno, en realidad no. No, no, soy yo. Es que, no sé. No lo tengo claro. No sé qué siento. No sé... a ver, sí, sé que siento algo.
—Pues ya está.
—No, ya está no. No vale ya está. No vale gustar.
—Siempre tienes que ir a lo grande.
—No sé con qué intensidad es.
—Ya evolucionará, tiempo al tiempo. Crees que enamorarse es cosa de... De cuentos, de desperatrse y tenerlo claro. No, amiga, llega con el paso de los días y los meses, de la convivencia. Te enamoras cuando estás con él.
Balbucí mentalmente una respuesta, y frené en seco. Adrienne me miró inquisitiva, al advertir el gesto de represión.
—Respecto a eso...
—Ambas sabemos—me interrumpió antes de conseguir formular mi frase— que eso sí que fue distinto.
Se hizo un largo silencio en la mesa. Johana dibujaba con las gotas de cerveza derramada mientras las demás hacíamos acopio de fuerzas para pedir una última ronda, sin saber aún muy bien si brindar por un futuro incierto o un pasado insuperable.
Cécile se levantó de la mesa y recogió las pocas monedas que quedaban ya, para acercarse a la barra.
—Quizás—apostilló—ya es hora de dejarlo pasar. Por muy distinto que fuera.


[...] And the jostling crowd, you’re not allowed to tell the truth
And the photobooth’s a liar, and the sharpened explanations
But theres no screaming reason to inquire [...]

8.31.2012

25

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— ¿Y no crees que eres una adicta al drama? Una pobre chiquilla con cara de no haber roto un plato y con algún que otro palo. Reconócelo.
—¿El qué?
—Que, detrás de todo esa máscara, te gusta. Convertir tus vivencias en una especie de tragedia griega. Porque podrías hacerlo más sencillo, pero supondría demasiadas cosas, como enfrentarte a ti misma.

8.15.2012

24

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No era ni frío ni espasmo ni nubes de algodón ceniza. Más bien se aproximaba al dulce baño de luz de los veranos de Euskadi, las temperaturas agradables que se guardan como oro en paño, lejos del agobio húmedo de la ciudad natal que había abandonado un par de días atrás.
Era un aeropuerto. Era el aroma del césped fresco y tres toallas extendidas sobre la hierba, digno de británico de pura cepa con el que lidiábamos cada vez que hacíamos marcha hacia el Centro. Éramos unos cuantos inútiles traficando con paquetes de tabaco con complejo de coleccionista. En los estantes de las cocinas se aglomeraban en un orden aleatóriamente jerárquico botellas de todo tipo de marcas de alcohol. Mi favorita era una miniatura de Jack Daniel's que robamos en un Tesco cercano a la residencia, entre un Smirnoff Ice y un Jaggermaster. Sobre la encimera quedaban algunos restos de las pizzas que tuvimos que encargar, entre risas y urgencia, la noche anterior, puesto que los rugidos de nuestros estómagos sobrepasaban de largo el nivel soportable de decibelios. Similitudes y coincidencias que nacen de la convivencia. Se llama amistad, así aparece en el diccionario. Pero nunca quise llamarlo de ningún modo, porque echar de menos se echaba de más entonces. Qué sentido tenía, si por conocerlos ni los conocía, y menos quererlos. No los quería.
Los acabé queriendo, así también pasaban los días. Donde antes no había lugar para el cariño ahora era espacio más que de sobra para acogerlos a todos. Es el roce, es compartir carcajadas y descorchar champagne y vino. Aprender que hay más mezcla con la Coca-Cola que el ron y quién de todos me resulta el más golfo. ¿Por qué te abalanzas sobre una sandía? En aquellas lejanas tierras limítrofes, punto de encuentro de toda clase de culturas, no existe pieza de fruta sin atraco a mano armada. No fueron escasas, tampoco, las veces que nos tumbamos sobre colchas desfasadas de moda pero suficientes para aguantar las frías noches de Oxford, pasando de estudios a hombres, y de chocolatinas a hombres de nuevo. Préstame tu camiseta, y no tardes al volver de la ducha mientras llamo a mi abuela por teléfono. Suspiros, ven que te ayudo, ven que te explico y ven que te los presento. La rutina se vuelve dulce como la miel, adictiva como la heroína. ¿Bebo por afición, aburrimiento o diversión? Dormir en la madrugada más espesa confiando en un despertador que sonaría cinco horas después. Aquella imagen de melancolía y nostalgia en mi habitación de seis metros cuadrados se esfumó en cuestión de horas. Dejó de existir. Desapareció.

7.16.2012

23

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No existía aroma como el de la brisa matutina del puerto en Lorient. Aquella fue la conclusión que extrajo Puam nada más despertarse, mientras los rayos del sol acariciaban su rostro bronceado y su cuerpo, cubierto con una fina colcha floreada de cuando su abuela era pequeña. Y es que nada adoraba más Puam que los cachivaches antiguos y las reliquias que había ido acumulando su querida abuela durante las décadas que vivió allí, en la localidad portuaria de la Bretaña francesa. Los veranos eran terriblemente frescos, en especial al cercarse la madrugada, pero nada impedía a los visitantes y extranjeros visitar sus magníficas playas y calas, tan famosas y reconocidas en el país. Acudían cientos de barcos pesqueros y de lujo al puertecillo, y las vistas eran envidiables desde el balcón del apartamento de su tía Emélie, cerca del paseo marítimo.
Puam se levantó de un salto. Rebuscaba con ansias entre su ropa, acumulada en una sillita de mimbre de finales del siglo dieciocho que se encontraba en una esquina de la habitación. Se estaba poniendo nerviosa, tal y como le ocurría cada vez que no encontraba lo que buscaba. Por fortuna, pensaba la muchacha, el día se vestía de azul, azul turquesa como el del mar, azul turquesa como el cielo que augura tormenta. Los chubascos, que en la zona resultaban bastante habituales, eran uno de esos acontecimientos que le gustaba observar en primera persona. Siempre que su delicada salud se lo permitía se plantaba en el muelle a ver cómo el mar se picaba y las pequeñas embarcaciones luchaban en aquel despiadado oleaje, peleando por no ser devorados por esa gran masa oscura. Apartó con rapidez las distintas prendas. Allí estaba. Dio un tirón y sacó su chubasquero.
- ¡Abuelita! - gritó.
Bajó correteando las escaleras de madera, crujían con cada salto que daba en los peldaños.
La anciana salió a su encuentro. Vestía una bata azul oscura, casi negra, o negra incluso. Se trataba de uno de esos tonos extremadamente complicados de definir. El tejido en cuestión llevaba un estampado de unas gaviotas blancas, en la totalidad de la tela, y estaba decorada con una delicada puntilla en los extremos de las mangas de farol. Su pelo era cano, blanquísimo, como el de las casas encaladas de los municipios cordobeses, y estaba recogido con un tirante moño de bailarina. Sus facciones eran dulces y amistosas, al igual que su carácter. Unas divertidas pecas salpicaban su pequeña nariz de porcelana. Cumplía cada uno de los tópicos que nos venden las películas Disney sobre viejecillos adorables, así que, por supuesto, en sus manos traía una humeante jarra con café, recién hecho, cuyo aroma empañaba sus cristales.
- No corras Puam, un día de éstos tropezarás. Recuerda que hace dos días que enceramos el suelo. Maldita la gracia - añadió con un tono de tristeza - que tuviéramos que ir de vuelta al hospital. Pierre ya se sabe de memoria el número de la seguridad social.
Suspiró, cansada, y volvió a sus quehaceres diarios. La chiquilla la siguió trotando hacia la cocina.
- ¡Abuelita!
La anciana se giró de nuevo, con la misma sonrisa con la que la había recibido hacía unos instantes.
- Dime Puam.
- ¿Cuándo vuelve el abuelito?
- No tardará demasiado. En unas horas, si mejora el tiempo. Ya sabes que los pescadores trabajan hasta el mediodía.
- Sí abuelita. ¿Crees que tendrá miedo?
- Para nada. El abuelito es muy valiente, está acostumbrado a todo.
- ¿De verdad que echó a los alemanes durante la guerra?
- Claro que sí - rió la mujer -. Se compincharon todos los de aquí, del pueblo, y echaron a los comandantes con picos y palas.
- Qué valientes. ¿Y tampoco tuvieron miedo? Yo les hubiera dado muy fuerte, y no les habría dejado volver nunca, nunca, nunca.
- Bueno pequeñaja - dijo, haciéndole unas cosquillas en los brazos - ve a arreglarte que nos vamos a dar una vuelta por el centro. Tengo que ir a comprar verdura, ¿me acompañas?
- ¡Sí!
- Pues sube, venga. No tardes. Y acuérdate de coger...
- El chubasquero.
- Muy bien. Venga, ¡corre!